Tantadel

agosto 17, 2016

Cultura y deporte hoy

Ignoro qué piense Vargas Llosa, quien ha escrito un libro especial sobre la frivolidad del espectáculo, de los juegos olímpicos, que poco tienen de fraternales. Son reñidas competencias donde aparece el racismo y desde luego el más ramplón de los nacionalismos, el más barato, el que llamamos patrioterismo.
El México de hoy, como el de ayer, supone que la gloria radica en ganar medallas de oro y obtener campeonatos de futbol, cuando, merced a las nuevas tecnologías, el deporte nos ha puesto a ver cualquier tipo de pantallas, en donde estén. Eso provoca estupidez y mayor gordura, pues solemos acompañar un “clásico”, Guadalajara-América, con muchas botanas y miles de litros de cerveza. Me llama la atención que en distintos estados de la República haya secretarías o direcciones generales de “Deporte, Cultura y Recreación”. Más bien suena ridículo. No logro imaginar a Rafael Tovar y de Teresa, querido amigo, buen funcionario, vestido con el uniforme de los Raiders de Oakland. Y al revés, un jugador de futbol soccer escribiendo delicados sonetos. En esto pensé hace unos días porque un neurólogo del ISSSTE me explicó, luego de ver las placas de mi cerebro, que en los que leen y llevan a cabo actividades intelectuales o científicas, hay señales claras, mientras que los deportistas no tuenen huellas cerebrales porque no lo usan. Imaginé el interior de la cabeza de Cuauhtémoc Blanco vacío  como su apellido paterno, confundido a la hora de citar a un prócer de la talla de Benito Juárez: ¿en qué equipos ha jugado?
La política, en muchos países, tiene una estrecha relación amorosa con el deporte y escasa con la cultura. El Presidente suele recibir a quienes ganaron alguna medalla olímpica. Es más vistoso y lucidor ante las masas fotografiarse con una atleta que con una poeta. Y como el deporte no implica mayor esfuerzo intelectual para comprenderlo y saber sus reglas, todo el país habla y discute y da sus “agudos” puntos de vista.
Nadie deja de tener una explicación “científica de por qué la selección jamás ha obtenido un lugar distinguido en los torneos mundiales o las razones por las que una nutrida delegación regresa prácticamente con las manos vacías, a no ser por todo lo que compraron. El colmo es que el presidente del PRI, un señor Ochoa que Reza, ha intervenido en el tema, cuando están a punto de arrollar a su partido y sacarlo de Los Pinos. ¿Tiene una estrategia para mantener el poder en manos del priismo, un ambicioso proyecto ideológico, una serie de decididas acciones contra la corrupción, el camino para obtener los mejores candidatos en cada caso, sabe qué responderle al charlatán de López Obrador o al joven “maravilla” del PAN, Ricardo Anaya? No, quiere que el titular del deporte o algo así vaya a rendir cuentas al más “alto tribunal” de la patria: la escasamente letrada Cámara de Diputados.
El deporte nos obsesiona, no estamos masivamente orgullosos de los notables méritos de Juan Rulfo, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, Rubén Bonifaz Nuño, Octavio Paz, Luis Herrera de la Fuente, Francisco Toledo, José Luis Cuevas o Sebastián... A muy pocos les interesa saber que México es una fábrica de grandes voces operísticas y de notables bailarinas de ballet. La inmensa mayoría quiere gritar a todo volumen ¡Goooooool! Y beber unos tragos a la salud de la patria y correr a imitar a los salvajes de la CNTE: pintarrajear algún símbolo patrio, un monumento. Algo está podrido en Dinamarca, diría Shakespeare. Pero no, es el imaginario colectivo que padecemos quien lanza sus inquietudes y protestas. No se nos da el deporte y hay que echarles la culpa a las autoridades que lo administran o al pobre Enrique Peña Nieto quien demuestra cada tanto su vocación atlética, como Miguel Ángel Mancera, corriendo medios maratones.
En Finlandia, en Dinamarca, en Suecia o en Suiza que tanto le gustaba a Borges al grado de ir a morir en ese pequeño país, jamás hay tanto dinero invertido en el deporte como en México. Lo hay y hace poco lo recordó Raúl Cremoux en un artículo, en esos países, donde existen ciertamente obsesiones, una de ellas es la educación y la cultura. Sí, educación y cultura y sus nacionales son educados y cultos y los resultados son óptimos: viven muy bien, sin pobreza.
Tenemos otros valores que modelaron los constituyentes de 1917 y la Revolución Mexicana. Olvidados, de allí nacerá la inveterada manía de vivir bajo la obsesión enfermiza de que el “TRI” nos traiga un campeonato mundial, de perdida un segundo lugar y ese día milagroso todos iremos a la Villa de Guadalupe a rezar, agradecer por el milagro, mientras tanto la miseria, la ignorancia, la pésima educación que esmeradamente defiende la CNTE, la corrupción y demás lacras seguirán allí, como el famoso dinosaurio de Monterroso.
Es tiempo, imagino, de suponer que podemos lograr un México digno, donde tengamos científicos y artistas a granel, de alta calidad como de hecho los tenemos y dejemos de pensar que la gloria internacional nos cubrirá a todos cuando escuchemos el himno para que un atleta más ignorante que culto, llore al recoger una cursi copa o una medalla de bronce que le muestre al mundo nuestra superioridad. Ganar en deportes no es una hazaña en México, es un milagro.

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