Tantadel

agosto 21, 2016

Dublineses, de James Joyce (2/2)

El irlandés está plenamente descubierto y con la divulgación de sus cartas de amor podemos formarnos un cuadro completo de él.

El único libro de cuentos de JoyceDublineses, fue conformado inicialmente por 12 relatos, en su edición definitiva cuenta con tres más. Si uno los lee sin la debida atención, los cuentos parecen realistas y una severa crítica a sus paisanos con quienes Joyce siempre tuvo una relación ambivalente de amor-odio. Es posible que, como señalan algunos de sus críticos, posean un fuerte contenido autobiográfico. Pero ésa es una simple conjetura que se puede utilizar en cualquier caso. No hay narrador o poeta que prescinda de su propia experiencia al narrar o versificar. Uno de sus biógrafos, Richard Ellmann, revela que James Joyce“deseaba que sus contemporáneos, en particular los irlandeses, se echasen un buen vistazo en su bruñido espejo, pero no para aniquilarlos. Tenían que conocerse a sí mismos para ser más libres y estar más vivos”. Es posible que haya tenido un amplio empeño en reflejar su realidad, la de su entorno inicial, cuando vivía y estudiaba en Dublín, pero la imaginación y la memoria suelen apoyarse, en el caso de un escritor de genio, más en la imaginación que en el fiel recuerdo de los sucesos. Las ironías de Joyce, en este libro a no dudarlo, son derivadas de sus conflictos religiosos y políticos, en una Irlanda cuya mitad no comparte en absoluto las razones de la otra mitad. La impresión es que en Dublineses la necesidad de liberarse de sus fantasmas es más evidente que en otras de sus obras. Para él su ciudad era víctima de una parálisis cultural, mental y social. Doblegada por el Imperio Británico y la Iglesia católica, en pugna con el protestantismo y de una larga lucha por recuperar la independencia de Inglaterra.
No obstante que hay una abrumadora mayoría que piensa en la genialidad literaria de Joyce, existen voces adversas que la minimizan. En la importante obra crítica Historia de la literatura inglesaW. J. Entwistle y E. Gillett muestran puntos de vista severos: “Desde la Primera Guerra Mundial la historia de la novela no ha sido feliz. Es posible que como forma literaria haya llegado a su fin, aunque esto no parece probable. Lo cierto es que los ídolos de la posguerra, E. M. ForsterVirginia WoolfAldous Huxley y James Joyce, han añadido poco o nada al campo de la novela, no obstante sus intentos, complicados y a veces tortuosos, para conseguirlo”.
Páginas más adelante los críticos ven al escritor irlandés en detalle: “Joyce era músico. Tenía un sentido del ritmo muy notable. Había leído mucho. Tenía un conocimiento extenso y particular de ciertos aspectos de la vida en Dublín. Fue en alto grado un artista y un experimentador literario. Desgraciadamente, ignoraba un hecho vital: el escritor tiene que ajustarse a las normas de su tiempo en cuanto a inteligibilidad y comprensión…” A no dudarlo, justo le critican los elementos que le conceden a Joyce un valor excepcional. Es un revolucionario implacable que destruye reglas y paradigmas para poner nuevos en su lugar. Eso definitivamente hizo el irlandés. El que haya trastocado el inglés con “violencias extraordinarias” es parte del valor de su obra en general y en particular del Ulises.
Dublineses es, como tantos han dicho, un hermoso ajuste de cuentas con su pasado, sus días de formación en su ciudad natal. Un ejercicio para llegar alRetrato de un artista adolescente y al Ulises. También se las arregló para legarnos mucho de su espíritu rebelde en ensayos que fueron agrupados bajo el título deJames Joyce: escritos críticos, selección e introducción de Ellsworth Mason yRichard Ellmann, publicado en español por Alianza Editorial, sin dejar de lado su poesía de intricados juegos de palabras. Ello significa que Joyce está plenamente descubierto y que con la divulgación de sus cartas de amor a Nora Barnacle, 1975, podemos formarnos un cuadro completo de él para apreciar su compleja magnitud.
Nunca he dejado de pensar en la unidad que debe llevar un volumen de cuentos. No es una canasta donde es posible poner cualquier objeto que se nos ocurra. Los relatos deben tener armonía, cierto orden, afinidades estilísticas y temáticas.Joyce consigue todo esto en Dublineses, como en otros sitios y en distintas épocas lo llevaron a cabo ChaucerWildeBorges o Rulfo. Quien suma simplemente cuentos variopintos, es alguien distante del rigor del escritor memorable. Joyceescribió sus relatos cuidadosamente y les dio un orden posible y aquí podríamos aceptar a los críticos que señalaron que la disposición es evidente, están escritos con una lógica de vida: juventud, madurez y muerte. Tres tiempos naturales y distintos entre sí. No es fácil, más bien resulta ocioso, señalar cuál es el mejor relato de Joyce en Dublineses. En lo personal, prefiero Los muertos (quizás el más citado) y acaso Arabia; son perfectos, me encantan, pero este gusto no es sino una cuestión de afinidades. Una acción subjetiva. Todas las historias son de una hermosura sin par. Curiosamente, Joyce señaló que sus cuentos eran “epifanías”. Quizás en esta obra, delicada y bella, sean más evidentes las influencias que le atribuyen ciertos estudiosos de su obra: Chéjov y Dickens. Otros han visto la presencia fugaz de Ibsen.
Tengo la impresión que aun los lectores que se sienten amenazados por el universo complicado y abrumador del genio irlandés, tienen en Dublineses una excelente forma de comenzar el recorrido. Como el Ulises de Homero, podrán ser tentados por sirenas y finalmente cruzarán mil peligros intelectuales. Pero la Ítaca que les aguarda es un placentero paraíso literario.

No hay comentarios.: