Tantadel

agosto 15, 2016

Mis deudas con Jalisco


Hace apenas unos días, un grupo de escritores y periodistas hablábamos de cuáles son los estados que mayores aportaciones le han dado a México. Uno, claridoso, dijo sin titubeos, Jalisco, de allí es el tequila. Le dimos la razón a pesar de que otro señaló que en tal caso, el mezcal proviene principalmente de Oaxaca y que entonces su aportación es magnífica. David Gutiérrez Fuentes, colaborador de estas páginas, pasó al lado intelectual de la plática y pronto estábamos haciendo una lista de escritores, pintores, músicos y académicos y ubicándolos en el lugar donde nacieron y se formaron, independientemente o no de que hayan encontrado el éxito en la arrogante Ciudad de México.

Para no hacer listas eternas (Martín Luis Guzmán el mayor novelista mexicano nació en Chihuahua, como también el notable artista plástico David Alfaro Siqueiros o la familia Revueltas proviene de Durango), fuimos a la caza de estados que han dado multitud de artistas. Eso simplifica la búsqueda. Llegamos a la conclusión de que Jalisco, Veracruz, Puebla y la Ciudad de México han sido literalmente fábricas de artistas e intelectuales. En esas cuatro entidades existen poderosas universidades: la UNAM en la CDMX principalmente, en Veracruz, la Universidad Veracruzana, en Puebla la BUAP y en Guadalajara hay dos significativas.
Como nación hemos vivido hasta hoy en un centralismo fatal. Eso, que en apariencia es una fuente de progreso, nos ha llenado de fuereños, hemos crecido desmesuradamente, la ciudad es en realidad poco gobernable y para colmo y ventaja nuestra, la mayor parte de los grandes centros culturales están en México. Eso sin contar con la arrogancia de los chilangos.
De varias maneras he tenido relación con grandes narradores y poetas de esos cuatro puntos clave del país. Por ejemplo, de Jalisco. Dos de mis grandes maestros fueron Juan José Arreola y Juan Rulfo. Con Arreola mi cercanía fue amplia, llegué a tutearlo y estuve en el homenaje que se llevó a cabo en el soberbio Hospicio Cabañas poco antes de que entrara en su fase final de declinación física. Tanto a Rulfo como a Juan José Arreola los tuve de mentores en el legendario Centro Mexicano de Escritores. No hace muchos meses, unos seis, me correspondió en la UNAM participar en la Cátedra Juan Rulfo con un tema poco tratado: el maestro. Ahora, me invita Orso Arreola a hablar de su padre y su relación intelectual, principalmente literaria, con Borges, el mayor revolucionario literario del siglo XX y lo que va del XXI. Será en unas semanas en la propia casa del narrador, según entendí.
A Yáñez lo traté superficialmente en la SEP. Me hizo el favor de recomendarme para acceder a una beca en Francia cuando él era el titular de dicha dependencia. Sin duda su novela Al filo del agua es el ingreso de la novelística nacional en la modernidad, en especial si tomamos en cuenta a los grandes novelistas norteamericanos, muy preocupados por la forma. Era un hombre severo, pero algunos amigos comunes como José Luis Martínez, un ensayista y crítico literario de muy altos méritos, también jalisciense, Andrés Henestrosa y Alí Chumacero, me platicaron de su “severo” sentido del humor. Alguna vez me tocó en la FIL de Guadalajara hablar de su obra. Una señora distinguida me felicitó y me dijo que Yáñez estaba muy olvidado. No lo creo. Mi propia conferencia y el público que abarrotó el lugar indicaban lo contrario.
Otro escritor nacido en Jalisco que traté fue Emmanuel Carballo, uno de los críticos que mayores polémicas provocaron y que dejó una obra memorable: Protagonistas de la literatura mexicana. Nuestra amistad tuvo altas y bajas, escucharlo era una original clase de literatura. A dos intenté conocer infructuosamente: a Rojas González, cuyos cuentos me conmovieron en mi juventud, y al padre de la novela de la Revolución Mexicana, don Mariano Azuela. En cambio, fui amigo muy cercano de su nieto y también novelista, Arturo Azuela.
Pero sin duda es la FIL de Guadalajara el mejor anuncio de la cultura tapatía. Referente internacional, no hay un festejo literario de esa calidez. He estado en la de Madrid varias veces, incluso allí firmé ejemplares de mi novela Réquiem por un suicida y este año disfruté mucho mi estancia. También la de Buenos Aires es grandiosa. Sin embargo, la de Guadalajara, en donde he participado docenas de veces, presentando libros propios y ajenos, siendo incluso en los inicios jurado del premio que concede, la siento espectacular y muy cálida. Es, en efecto, una feria, un lugar de gozo y algarabía.
Si uno asiste es muy fácil encontrar amigos de valía. O hacer nuevos. Cada vez que uno asiste a la FIL de Guadalajara, entra inquieto y lleno de esperanzas. La salida y el regreso a casa (pienso en mí) es para digerir lentamente, las presentaciones de libros y las conferencias que lo han enriquecido y lleva uno a cuestas un montón de libros y con frecuencia en la maleta ejemplares con firmas de autores entrañables.
La UAM, mi casa de trabajo, inalterablemente participa, siempre de modo distinguido todos los años.
Me falta Puebla. Allí nació mi admirada Elena Garro, amiga a quien adoro y veo como figura principal de México.


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