Tantadel

agosto 08, 2016

¿Políticos pobres?

"La política es una empresa para y de millonarios.


¡Pobres políticos!


Uno de los militantes del PRI más afamado en su larga historia fue el mexiquense Carlos Hank González, quien ocupó los más altos cargos como gobernador de su estado y jefe de la hoy Ciudad de México. A presidente no llegó porque su padre no nació en México y existía la prohibición. Era un hombre poderoso y, según las leyendas políticas, era agudo, inteligente y hasta poseía un serio barniz cultural. Como don Adolfo Ruiz Cortines, gustaba de crear frases ingeniosas como aquella que indica algo cierto hoy en día: “Político pobre, pobre político”.
Solía hacer buenos amigos entre los intelectuales y periodistas más destacados del país y cuentan que los compraba de mil maneras, desde las burdas hasta con algunas gestiones cordiales y sutiles. En tal sentido, hay todavía infinidad de libros y reportajes sobre esa figura del aparentemente inexistente Grupo Atlacomulco. Algunos de sus familiares más directos ocupan cargos importantes en la administración de Peña Nieto.
Sin duda, Hank González supo bien descifrar los enigmas del sistema político mexicano. A ningún lado se llega sin dinero, mucho dinero. Pero podemos abonar algo más a favor del político rico. Hasta hace unos años, el mexicano promedio imaginaba que la corrupción era típicamente un fenómeno priista. Hoy sin dificultades sabemos que la derecha (bien representada por el PAN) es asimismo corrupta, y para colmo los empresarios no se caracterizan por su honestidad. Lo peor es que la supuesta izquierda, bien representada por el PRD y sus distintas tribus o corrientes y Morena, tienen entre sus dirigentes probados ricos cuyas fortunas se desconocen y que jamás las declaran o mienten con desfachatez acerca de los grandes recursos que les permiten moverse por todo el país, lo que implica en verdad infinidad de millones.
Hace poco vimos asombrados en los diarios las fortunas oficiales (desconocemos las reales) de dos dirigentes de partidos: Alejandra Barrales y Enrique Ochoa Reza, ambas son atractivas o envidiables. Con menos de 50 años de edad y muy pocos de militancia política, han acumulado sumas atractivas y muy difíciles de tener si la profesión es otra y uno es honrado.
El más distinguido profesor universitario, con posgrados y muchos méritos académicos, no llega a tener tantas propiedades ni tanto dinero en el banco y en inversiones. En esta acción demagógica de tres de tres, algunos senadores y funcionarios de primer nivel citaron, según la edad, los cargos ocupados y el monto de “las herencias recibidas”, algunos confesaron ganar hasta ocho o nueve millones de pesos al año.

No pienso buscar cuánto gana un universitario de larga y vasta obra como Miguel León Portilla, tan lleno de premios y reconocimientos limpiamente ganados, pero sí conmigo, para retirarle la tentación a esos imbéciles “caballeros templarios” que hablan para extorsionar casi tanto como los expendedores de tarjetas de crédito, que sumado mi sueldo de profesor universitario con posgrado y luego de cincuenta años de ejercer la docencia, no llego al millón y medio de pesos al año. Sólo hay que quitarle impuestos (soy cautivo) y pensar en el costo de la vida en la sufrida Ciudad de México tan mal gobernada por Miguel Ángel Mancera.
Esto es, la política es una empresa para y de millonarios. Puede haber “independientes”, pero también necesitan mecenas, prestamistas y compradores de servicios gubernamentales.
López Obrador ya perdió la manía de señalar dos frases falsas: “primero los pobres2 y “luchamos contra la mafia del poder”, pero se sostiene a pesar de los millones que gasta en sus ya tediosas y costosas campañas presidenciales (“Ésta es la vencida”). Lo raro en este caso que a nadie, a ningún periodista crítico y “democrático” se le ocurre cuestionarlo como lo hacen con Peña Nieto, por ejemplo. El hombre, de apariencia pobre, tiene al país aterrorizado. Uno, hacen polvo al presidente en turno, no a López Obrador, quien se pasea por el país anunciando la llegada del Mesías.
Si quisiera ser diputado o asambleísta tengo, supongo, todos los requisitos que la ley exige, todos menos uno: dinero para llevar a cabo mi campaña. Lástima. Equivoqué la vocación.

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