Tantadel

agosto 24, 2016

Rulfo, un clásico de verdad

Como Juan José Arreola, Juan Rulfo fue maestro de muchos escritores. El primero tuvo marcada vocación magisterial, el segundo no tanto, pero igual supo contribuir a formar docenas de prosistas y poetas en el Centro Mexicano de Escritores, donde ambos fueron por años asesores.
 Este aspecto ha sido poco estudiado. Dicté una conferencia magistral al respecto en la Cátedra Juan Rulfo de la UNAM y la publicó la UAM. El autor de dos maravillo­sos clásicos del castellano, El llano en llamas y Pedro Páramo, ejerció el tipo de magisterio que dicho Centro exigió. Fue un verdadero taller de literatura, el espacio para discutir cada trabajo presenta­do por los becarios y mejorarlo sustancialmente. Allí, en una época, Arreola, Francisco Monterde y el propio Rulfo escuchaban cuentos, poemas y ensayos y hacían las indicaciones pertinentes. El Centro Mexicano de Escritores contribuyó en la medida de sus precarios recursos, como pocos, a la formación de poetas y novelistas mexicanos y algunos sudamericanos.
 Estuve en el CME, en 1964, cuando gané una de sus codiciadas becas. Con mucho entusiasmo acudí al primer encuentro. Allí estaban los tres mencionados y algunos más, funcionarios del Centro como Arturo Arnáiz y Freg y Felipe García Beraza. Arreola ya había trabajado con mi generación: José Agustín, Alejandro Aura, Raúl Navarrete (ya fallecido y el único que heredaba directamente temas y tratamientos rulfianos de todos nosotros), Eduardo Rodríguez Solís, Jorge Arturo Ojeda, Roberto Páramo, Elva Macías y yo. Todavía seguía apareciendo la hermosa revista Mester (de arreolería, decían algunos bromistas), en la que nos formamos.
 Juan Rulfo conocía una enorme cantidad de novelistas y los conocía a profundidad. Cada conversación con él era una auténtica clase de literatura. Fue el Centro Mexicano de Escritores mi mejor escuela literaria. El resto, fueron lecturas, muchas veces recomen­dadas por el propio Rulfo.
 Como periodista, me correspondió entrevistar dos veces a Juan Rulfo para el suplemento cultural de la revista Siempre!, en época de Benítez. Fueron publicadas y después le telefoneé para saber su opinión. Me dijo que no las había visto y lo creo.
 Sus comentarios, a diferencia de los de Arreola (quien en sus conversaciones con Jorge Luis Borges le permitía intercalar algunos silencios), no eran brillantes, pero tal vez eran mucho más profundos. Sabía dar en el clavo y mostrar los defectos y virtudes de un cuento o un poema, de un fragmento de novela o de un ensayo con terrible precisión. Más de una ocasión fue duro, especialmente con Jorge Arturo Ojeda, quien más tarde lo recordaría en un diario prematuro.
 Rulfo era un ser misterioso, mítico, rodeado de enorme prestigio nacional e internacional, de pocas palabras en público, taciturno, a veces sombrío, que fumaba mucho. La fotografía que con motivo de la llegada de esa promoción de becarios nos fue tomada, muestra a Juan Rulfo serio, absorto en un punto que no era la cámara, como ajeno a lo que ocurría a su alrededor. Con timidez me acerqué a él. Y comenzamos una conversación para mí inolvidable y que duró, así me lo pareció, eternidades.
 La reputación de Rulfo fue inmensa y jamás la presumió. Recuerdo que en Buenos Aires en 1972, los jóvenes escritores porteños me preguntaban básicamente por él. Y lo mismo ocurrió en París, en la Universidad de Vincennes me solicitaron una plática sobre Rulfo; todos lo habían leído en francés y español, pero querían saber algo acerca de los libros que prometió tantas veces y que nunca escribió, abrumado por el enorme prestigio de los ya publicados.
 En Portugal, en Coimbra, un médico me regaló revistas en las que hablaban de las excelencias de Rulfo. Se las envíe de inmediato y nunca supe si las recibió.
 Rulfo fue un hombre que conservó la pureza y la sencillez. El éxito nacional e internacional no lo perturbó. Mantuvo sus costum­bres y fue poco afecto a las declaraciones periodísticas. Recibía a cuanta persona deseaba verlo. En nada contribuyó al mito Juan Rulfo. Como José Revueltas, fue de una gran limpieza moral y honestidad. Sus mejores enseñanzas Rulfo las dio con su prosa espléndida, con sus brillantes metáforas, con estructuras inteligen­tes, muy elaboradas y luminosas. Es decir, su mejor ejemplo fue el rigor y la perfección. Le bastaron dos libros tan sólo para alcanzar reputación internacional y ser guía de escritores de muchas partes del orbe. Efectivamente, he estado en diversas ciudades, París, Buenos Aires, Lisboa, Moscú, Madrid y en todas ellas siempre hubo personas que ansiosas preguntaban por el Rulfo de carne y hueso, cómo eran sus relaciones personales, cómo con su familia. Hace dos años, con amigos en Italia, en Florencia, en un modesto restaurante, el dueño nos escuchó hablar castellano y sin más se dirigió a nosotros en tal lengua y habló un buen rato de su devoción por Juan Rulfo, nos dijo que sus libros de cabecera eran Pedro Páramo y El llano en llamas, obras perfectas. Eso significa prestigio internacional ganado desde el silencio, de las voces del silencio parafraseando a Malraux.


No hay comentarios.: