Tantadel

agosto 12, 2016

Senectud y soledad

Sin duda, soy casi un típico mexicano, pues desde niño fui ruidoso, en la adolescencia pasé a los escándalos y para qué seguir describiendo mi poco silenciosa y licenciosa vida. Pero esa misma ruta bulliciosa y plena de algarabía me condujo a estudiar el posgrado en París y aunque Hemingway escribiera un notable libro diciendo que “París era una fiesta”, no me tocó a mí. En 1970 era una ciudad sólo estridente en las zonas turísticas y eso hasta horas razonables. Luego, el silencio de los inocentes.
 Ya había pasado el Mayo francés de 68 y sólo de vez en vez una manifestación rompía la tranquilidad de los hermosos barrios, como decía Aragon. Al notarlo, fui modificando mis hábitos. Mi primer cumpleaños en esa ciudad me vi obligado a pedir permiso a los habitantes del edificio donde vivía y a las autoridades policiacas del quartier. Me lo dieron con la condición de no hacer mucho ruido. ¡Imposible imaginarse una fiesta mexicana sin gritos y música de mariachi! Para fortuna de mis vecinos, nunca he sido afecto a ese tipo de música. Pero el rock que me encanta es igual o peor de atronador, sobre todo cuando tocaba Sex Pistols.
Estaba acostumbrado a escribir de noche y entonces las máquinas eran mecánicas y las eléctricas igual de estrepitosas. Ante las protestas de los departamentos contiguos al mío, comencé a redactar novelas y cuentos y uno que otro trabajo escolar en las mañanas. Ahora escribo en las madrugadas.
Hace un par de años fui invitado por la Universidad de Copenhague y la embajada de México en Dinamarca a dar una conferencia. La dicté y listo. El decano y un grupo de maestros hicieron un brindis casi silencioso en mi honor. Al día siguiente, en un museo, me encontré a una de las maestras que me escuchó. Nos saludamos e iniciamos una plática en la que consideré de buen gusto elogiar a su hermoso país, su espléndida universidad y las muchas ventajas que concede el Estado de bienestar imperante. La señora repuso: En efecto, todo eso es la parte grata, amable. Pero nada puede remediar un problema grave que suele conducir al suicidio: la soledad. Nadie en este país tiene carencias, todos reciben atención médica y visitas de enfermeras y personal entrenado para atender a las personas de edad avanzada. Hacen un frío trabajo profesional y listo. Cumplen, en suma, pero no se lleva a cabo con afecto, calidez, quizás respeto y cariño.
Mire usted, prosiguió la académica, hace unos meses los medios destacaron una noticia: Una señora casi inválida le pagó al cartero para que el Día de las Madres le llevara un regalo. Así lo hizo y ambos fingieron sorpresa y dicha.
La verdad es que la señora dinamarquesa me sorprendió, era un aspecto sobre el que jamás había hecho una reflexión. Enseguida me narró historias de suicidios por soledad y el colmo fue escuchar que el gobierno de la monarquía buscaba personal adecuado para tratar ancianos entre los latinoamericanos y los árabes. Son muy amables y afectuosos, me dijo al final, y yo no supe qué hacer sino una broma: Pues buscaré trabajo en Dinamarca.
Todo esto me viene a la mente porque acabo de leer en un importante diario capitalino, en primera sección, en toda una plana, que en Italia, concretamente en Roma, una pareja de ancianos pidió ayuda a la policía para que la visitaran y así paliar su tristeza. Los policías, muy atentos (son italianos, no mexicanos), fueron al departamento de la pareja y ellos mismos cocinaron pasta. Los octogenarios fueron felices al menos por un día. Dudo mucho que la policía cuya misión no es procurarles felicidad a personas de avanzada edad, sino protegerlas de maleantes, haga comidas para apoyar a quienes se sienten solos y están tristes. Lo que más me llamó la atención fue que la larga nota destaca, entre artículos sobre el duelo entre Hillary y Trump y comentarios sobre las pillerías habituales de los políticos mexicanos, la historia ocurrida en Roma.
No tengo idea cómo sean tratados en México los que llegaron a la tercera edad o a la cuarta, soy un venerable ancianito y jamás he necesitado ayuda, al contrario, busco con nostalgia el tiempo libre que me permitía escribir con calma. No me gustan las visitas a casa y menos ir a fiestas. De tal manera que el trabajo periodístico, con datos de EFE y DPA, me impresionó, particularmente al enterarme que científicos de ese país trabajan en robots que tienen en su inteligencia artificial un programa para que ayuden a mitigar la soledad. Carajo, ¿no podría el Inapam adquirir esa nueva tecnología porque no veo que sean muy gentiles con las personas de mayor edad?
En mi novela Réquiem por un suicida, justifico la muerte voluntaria o con ayuda, la veo como un acto de libertad y me parece que es una manera digna de evitar el dolor, la soledad y las depresiones. Por lo pronto, me impactó tanto el largo artículo que hasta yo traté el tema que me dejó una duda: ¿quién impulsará mi silla de ruedas personalizada? ¿Lo hará con cariño o por cobrar solamente un salario?




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