Tantadel

agosto 07, 2016

¿Y el hombre nuevo?

Caso extremo de devoción a una causa fue, sin duda, Ernesto Guevara, lo sabemos porque dejó constancia de sus combates.

Una frase de Octavio Paz, calificando a José Revueltas, me impresionó: Es un hombre puro. Traté a Pepe desde niño, pues era buen amigo de mi padre, el otro René Avilés, también escritor. Carecía de riquezas, no las buscó. Vivió obsesionado pensando en que el “hombre nuevo” podría nacer del encontronazo que la contradicción principal supone: las inhumanas diferencias entre muy pocos ricos y millones de pobres. Pensó que uno de los problemas era que el proletariado mexicano carecía de cabeza, es decir, de una dirección ideológica adecuada y escribió un libro magnífico, polémico y que pocos marxistas leyeron: Ensayo de un proletariado sin cabeza, editado con recursos de amigos y admiradores, cuando recibía críticas violentas del Partido Comunista.
Otro caso extremo de devoción a una causa fue, sin duda, Ernesto Guevara, lo sabemos desde siempre porque dejó constancia de sus combates en discursos, artículos, libros y diarios guerrilleros. Él, como pocos, habló del “hombre nuevo”, aquél que tuviera valores distantes de los creados bajo el dominio capitalista. Lo pensaba internacionalista, solidario, sin deseos de riquezas, devoto del ser humano, capaz de indignarse ante las injusticias. Luchó con las ideas y las armas, fue asesinado con saña y hoy es una fotografía en la playera de los jóvenes, un mito, un ejemplo notable que nadie sigue. En vida fue el revolucionario perfecto.
Comencé a escuchar su nombre en 1959. Había abandonado todo modo de vida para concentrarse en la lucha armada. Del accidentado viaje del Granma al triunfo de la Revolución pasando por batallas épicas como la de Santa Clara. Ya en el poder hizo su mejor esfuerzo por serle útil al grandioso movimiento que sacudió al mundo y en especial a Estados Unidos. A partir de ese momento su discurso se radicalizó: era posible globalizar al planeta bajo reglas distintas: las imaginadas por MarxEngels y Lenin. Sus palabras en la ONU estremecieron para bien y para mal a todas las naciones del orbe.
Lo primero que escribí sobre él era incierto y triste: “En 1967, Ernesto Guevara no era más funcionario en Cuba, había dejado la seguridad de la isla y los diarios hablaban de su presencia armada en África o en países de América Latina. Rumores canallas decían que Fidel lo había asesinado a petición de los soviéticos, la prensa anticomunista se daba vuelo conjeturando idioteces. Sus admiradores buscábamos entre líneas saber dónde estaba, haciendo qué. La CIA lo buscaba
desesperadamente. Lo imaginábamos creando otros dos, tres o más Vietnams. Seguía buscando la Revolución, ¿pero en qué país, con quiénes? La imaginación se desbordaba: Tiene que estar en las selvas latinoamericanas luchando contra las tiranías. Estábamos lejos de conocer su tragedia y penalidades, su inexorable marcha hacia la muerte abandonado por cubanos y soviéticos, en una Bolivia distante, sórdida y atrasada, llena de militares norteamericanos especializados en contraguerrilla. Imposible olvidar la mañana en que los medios anunciaron su artero asesinato. Las fotos no mentían. Finalmente Castro confirmó el crimen”. ¿Sería exagerado decir que su muerte acabó la romántica idea de una revolución?

El socialismo marxista casi ha desaparecido, los tiempos cambiaron y en su lugar quedó una izquierda incapaz, comodina y distante del pensamiento revolucionario. La utopía marxista quedó en eso. Vivimos  bajo el peso de la globalización, palabra que disfraza la presencia de un puñado de potencias capitalistas que desean la imposición de un modelo económico, su modelo, negando las aspiraciones propias de cada nación.
¿Qué nos dio ese gran rebelde que fue el Che? Su legado fue moral, de dignidad y decencia, de valor para enfrentar sistemas adversos. Nos dio, en síntesis, un ejemplo de altísima ética política, como lo reveló su Mensaje a la Tricontinental. No fue un aventurero como muchos lo ven. Fue un revolucionario que creía en la vía armada porque en esos momentos las alternativas políticas no eran muchas. Guevara es un símbolo de las grandes luchas sociales. Consiguió que muchos retomáramos ideas básicas de la Revolución Francesa: libertad, fraternidad e igualdad. Donde haya injusticias, allí debemos estar, sin importar el idioma o el color de la piel.
No sé qué tanto sea una figura icónica para las nuevas generaciones. No basta ponerse una gorra con una frase de Guevara o tener en casa un cartel con la fotografía tomada por Korda. Vemos filmes sobre su carrera, leemos libros sobre sus grandes batallas, de sobra encontramos imágenes de él en combate o la muy dolorida de su asesinato. El diario del Che en Bolivia, prologado por Fidel Castro, es el documento aterrador de sus últimos combates: casi desarmados, hambrientos, heridos, enfermos, traicionados, en fuga, pero esperanzados en la victoria. La última página refleja la falta de apoyo, la soledad y las dificultades para ayudar a los heridos. El triste final estuvo a cargo del esbirro Mario Terán, que disparó una ráfaga de ametralladora sobre el cuerpo del Che. Atrozmente herido, sostuvo la mirada fija en el criminal. Un sargento ebrio lo remató.
Queda su perenne inconformidad, su espíritu revolucionario y un ideario novedoso. Desde Bolivia, señaló: “Este tipo de lucha nos da la oportunidad de convertirnos en revolucionarios, el eslabón más alto de la especie humana…”

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