Tantadel

septiembre 05, 2016

Con La China Mendoza en la FILEM en Toluca


El sábado anterior, me correspondieron, invitado por Lourdes Malagón, dos intervenciones en la FILEM, en Toluca. Hablé de la creciente importancia de los cuentos muy breves que en México llamamos minificciones y en Argentina, Venezuela y España suelen calificar como microrrelatos. La siguiente participación fue un lujo: entrevisté a la notable escritora María Luisa Mendoza, a la que todos los que la admiramos y leemos con deleite le decimos simplemente La China.
En un enorme espacio habilitado para poner juntos los stands de las distintas editoriales, en medio de la algarabía de cientos de aficionados a la literatura y en general a los libros, me correspondió interrogar a mi querida amiga. Debo advertir que no hay tarea más grata y segura que entrevistarla. Cada pregunta mía fue respondida con generosidad e ingenio. Habló de su amor por México, de su Guanajuato adorado, de sus viajes, de sus amigos y hasta de sus dos maridos. Lo hizo también de sus inicios periodísticos en El Día, aquel estupendo diario creado por Enrique Ramírez y Ramírez en el periodo del presidente Adolfo López Mateos, y de cómo fue pasando del alegre y juguetón periodismo que hace a la literatura. Ante un público cariñoso y nutrido, fue narrando intimidades literarias y platicando de sus amigos, los muertos y los vivos. Fue directa y supo quejarse con justeza de los premios que le negaron, como el Xavier Villaurrutia, de cómo entre sus amigos hubo traiciones y abandono. Pero asimismo mencionó a quienes únicamente le han dado lealtad y admiración por sus letras agudas.
Un momento intenso fue cuando La China habló de la vejez y mostró sus nostalgias por los buenos tiempos idos, de sus males y dificultades para caminar y ver. Pero nunca perdió el sentido del humor y también para sus males hubo bromas. Se quejó, por ejemplo, que con unas pastillas, no sabía cuáles pues los médicos la atiborran de ellas, la hacía ver un tigrillo en su casa y a veces, como en esa entrevista pública, reaparecía y la distraía.
Le pregunté por la gestación de algunos de sus hermosos libros y reveló secretos que los escritores no suelen contar, incluso habló de las mujeres escritoras, las que con frecuencia son marginadas como Elena Garro, Beatriz Espejo o Marcela del Río, mi querida camarada en el Centro Mexicano de Escritores, institución legendaria. Fue en general muy accesible y pródiga. De esta manera los presentes supieron cómo llegó a ese lenguaje sobresaliente y audaz que ella utiliza, aprendido en su natal Guanajuato. Un idioma suyo, recreado, maromero, juguetón, de palabras inventadas y de sintaxis inteligente y graciosa.
Mi última pregunta fue relacionada a un tema espinoso: China adorada, con pesar he leído que ya no quieres escribir literatura y nos estás privando de tu maravillosa prosa. A ello contestó: Para qué escribo, si nadie me publica, si mis libros no son reeditados. Ante mi insistencia de que siga escribiendo novelas, me repuso que sí, que quiere hacer una sobre un crimen atroz y que tiene los inicios, la trama, y que una vez que se cure de un ojo enfermo de cierta gravedad la comenzará. Amamos tu literatura, China querida, la esperamos con ansia.
El sonido no era el mejor y ambos tuvimos que gritar el diálogo. Al final, cuando el tiempo y hasta la paciencia de La China se estaban agotando, le agradecí sus palabras y le dije, una vez más, que la amo, allí, públicamente, que envidio sus dos grandes tareas: el periodismo y la literatura. Los organizadores le dieron la palabra al público. Uno le preguntó por su Guanajuato y la hizo soltar un montón de amorosas palabras sobre la tierra de sus mayores. Otras personas del auditorio interrogaron sobre libros, algunas de sus fantásticas creaciones. Pero hubo una mujer que sólo quería decirle a La China que la admiraba y quería, que estaba emocionada por haberla escuchado, quien lloraba mientras hablaba. Mi amiga, conmovida, agradeció los sentimientos que externaba esa joven señora.
El resto, como suele suceder en ese tipo de eventos fue pedir autógrafos, tomarse selfies y abrazarla o hacerle alguna confesión de afecto. Salimos acompañados por Lourdes Malagón, el poeta Dionicio Morales y la hermosa actriz Lilia Aragón, quienes hablarían más tarde. Fuimos a comer e iniciamos el regreso cargados de regalos y de cordiales palabras que en México han ido despareciendo y siendo sustituidas por majaderías y críticas porque uno no piensa igual que los demás.
En el trayecto a casa, pensé que ella, La China, cuando hacía periodismo en el canal 11, me entrevistó y ello me ayudó mucho en mi carrera literaria. Estaba entonces en la cumbre, era la reina amada, la mujer llena de admiración, que gobernaba con sus dichos y bromas los festejos y las reuniones sociales. Respetada como pocas mujeres y halagada por funcionarios, colegas y lectores. ¿Qué pasó, dónde la perdimos? Ahora ella, lo dijo respondiendo a una de mis preguntas, cohabita con la soledad y sus males, nomás acompañada de sus perros y sus plantas, de sus libros y recuerdos, de las cosas hermosas que la rodean. Todos mis amigos cercanos se han muerto, dijo en un momento.
Chinita adorada, estás viva y seguirás por fortuna escribiendo. Estuve muy contento, feliz de tu compañía. Gracias, China. De todo corazón.

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