Tantadel

septiembre 01, 2016

¿El fin de la guerrilla?

Un querido investigador de temas guerrilleros y notable camarada de firmes ideas políticas, Hugo Estévez, está preparando una antología sobre cuentos y testimonios sobre la guerra de guerrillas en México. Será sin duda un libro notable que en mucho nos ayudará a entender una época de la vida de América Latina. La obra está prácticamente concluida. Hay que advertir que Hugo ya hizo un libro monumental sobre el tema y fue presentado en la UAM-X el año pasado.
   Esto resulta importante para apreciar en lo que valen las luchas guerrilleras. Estos movimientos tuvieron tesis y características distintas en cada país. En México fueron brutalmente eliminadas, pero no fue tan sencillo hacerlo en Brasil o en Uruguay. En Colombia la guerrilla de las FARC duró más de cincuenta años, lo mismo que lleva Cuba, donde Fidel Castro logró triunfar con una lucha de esta naturaleza.
   Después de medio siglo luchando, el líder máximo del movimiento revolucionario, Rodrigo Londoño, alias Timochenko, firmó el cese al fuego con el gobierno colombiano. El saldo es trágico: murieron más de 220 mil personas y los combates estremecieron a un hermoso país que vivió en permanente conflicto militar. De un lado las bien organizadas fuerzas guerrilleras, del otro la tenaz defensa de las instituciones representada por todo el aparato estatal, soldados, marinos, policías, cuerpos especiales, negociadores, en fin, se hizo todo de ambas partes para vencer al enemigo y todo quedó como inició.
   No tenía sentido mantener viva la lucha. En cincuenta años el mundo cambió radicalmente. Los guerrilleros decidieron convertirse en fuerza política y dar la lucha. Por desgracia, los movimientos armados ya son una reliquia. Perdieron su efectividad. Era visible que significaba ya una simple matanza donde había muchas bajas y ninguno de los bandos en pugna parecía avanzar. Tres veces estuve en Colombia y apenas noté que allí, en sus selvas y montañas se libraban violentos combates. En una de esas visitas fui con un grupo de intelectuales y periodistas para participar, en Mompox, sitio rodeado por guerrilleros de las FARC, a “declararle la paz a la guerra”. Hubo pláticas, conferencias de alto nivel, obras de teatro, lectura de literatura y muchos más actos culturales para eliminar tensiones y buscar acercamientos entre las fuerzas en combate. Que yo recuerde, nada importante ocurrió. Todos regresamos a nuestros países de origen con la sensación de haber participado en un evento cultural y no político. Escribí un par de reportajes y el resto fue hacer turismo en un país que parecía consumirse en las llamas de una lucha fratricida y la que uno no lograba ver.
   Ahora al fin firmaron la paz, esa hermosa nación, llena de personas extraordinarias, que supieron sobrevivir en una guerra brutal, donde sólo hay un historial de violencia desaforada. “Lamentamos los muertos. Las rivalidades y rencores. Hoy más que nunca, lamentamos tanta muerte y dolor ocasionado por la guerra. Hoy más que nunca, queremos abrazarlos como compatriotas y comenzar a trabajar unidos por la nueva Colombia”, dijo Timochenko al firmar y dar por concluida una guerra de poco más de cinco décadas.
   Las condiciones sociales no han cambiado mucho en el mundo. El capitalismo globalizado busca nuevas y más cautas formas de explotación, las masas de pobres se limitan a defenderse, a buscar nuevas rutas para eliminar las contradicciones. Pero es evidente que ya no es la vía armada la solución. El problema es que todos los guerrilleros arrepentidos, que dieron luchas políticas triunfales en sus respectivas naciones, hoy se tambalean, reciben acusaciones de corrupción y su moral es otra bien distinta de cuando iniciaron los combates. La comodidad del poder, las ventajas económicas que concede, el tener accesos al movimiento de recursos económicos fue pervirtiendo aquellos principios. Hoy en esos países donde se combatió por la libertad, la justicia y la libertad, padecen problemas semejantes a los que los hicieron surgir como fuerza armada. La misma Cuba da evidentes muestras de fatiga que bien representa aquel impetuoso revolucionario que muestra a Fidel Castro convertido en un anciano de salud delicada y que desea enfrentar sin resultados el poderío del capitalismo globalizador que nos rodea.
   Las otras fuerzas revolucionarias colombianas restantes, sin rumbo claro, felicitan la firma de la paz y no es difícil imaginar los resultados. Tarde o temprano depondrán las armas. El levantamiento de las FARC fue un colosal y polémico movimiento que no tuvo los resultados esperados. El reto es ahora pasar a la siguiente etapa, llegar al poder por la vía electoral y darle a la nación las características que buscaron al levantarse en armas a través de luchas sinceras.

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