Tantadel

septiembre 04, 2016

El gran solitario de Palacio de nuevo

Mi intención era repasar los cincuenta o sesenta años de Revolución y padecer su ruina en una parodia plena de corrupción e injusticias.

El pasado viernes presenté en la Feria del Libro de Aguascalientes la vigésima edición de mi novela El gran solitario de Palacio, ahora en coedición entre Laberinto y la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Con rigor, no es una crónica del movimiento estudiantil de 1968, cuyo final me tocó presenciar en Tlatelolco.
Poco después de la masacre tomé la decisión de abandonar México. Obtuve una beca y fui a París, donde estuve tres años. Allí escribí El gran solitario de Palacio. Como no había condiciones para editarla aquí, apareció en Buenos Aires en 1971, dentro de la serie, Narrativa Latinoamericana, de Compañía General Fabril Editora. Mis colegas de colección eran, entre otros, Haroldo ContiCarlos Droguett,Antonio Di Benedetto y Clara Silva. La escribí en París sobre notas que llevaba de México de la matanza de Tlatelolco. Uno de los capítulos, el que narra la muerte de unos estudiantes a manos de soldados, a bayoneta, recuerdo haberlo hecho durante un viaje nocturno en tren de París a Madrid.   
Concebí el libro como un amplio mural. No se trataba solamente de hacer un trabajo periodístico, mi intención era repasar los cincuenta o sesenta años de Revolución y padecer su ruina en una parodia plena de corrupción e injusticias. Su intención es  equiparar todos los gobiernos “revolucionarios” con las tiranías latinoamericanas. Crear a un dictador eterno al que cada seis años lo transforman dándole nueva apariencia y un programa distinto. Antes de escribir la novela releí con atención la escasa bibliografía sobre dictadores: Tirano Banderas, de Ramón del Valle InclánLa sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, y El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias. Luego de 1973 aparecerían Yo, el supremo,de Augusto Roa BastosEl recurso del método, de Alejo CarpentierEl otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, y La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa. Los tiranos vistos de formas distintas. El nuestro es colectivo y hasta puede cambiar de partido, es el mismo.
Las primeras críticas fueron de Bernardo VerbitskyJosé B. AdolphGiuseppe Bellini y Francisco ZendejasElena UrrutiaJuan Carlos GhianoDomingo MillianiHumberto MusacchioGerardo de la TorreJosé Joaquín BlancoMaría Elvira BermúdezManuel Blanco y Jesús Luis Benítez. Luego aparecieron críticas más largas y analíticas de Mempo GiardinelliSharon E. Ugalde, de Texas State University; de Martha Paley, de la University of Illinois; Norma Klahn, de Columbia University; Evelio Echeverría, de Colorado State University. Su título ha corrido asimismo con buena suerte: periodistas mexicanos lo han usado para referirse a la soledad del Presidente de México, quien a causa del inmenso poder con que está investido prescinde de las opiniones de quienes lo rodean, cortesanos sin voz o que la utilizan para asentir.
La literatura acepta cualquier clase de fantasía, como en el anexo de mi novela, donde imagino el futuro mexicano, con métodos sofisticados de represión y tortura. El epílogo, debo añadir: “Carajo, qué soledad”, es la metáfora de la tragedia del individuo ante el Leviatán, ante el monstruoso Estado que, cuando le viene en gana, lo devora con facilidad.  Es mi J’accuse.
Nunca he creído que la literatura sea capaz de cambiar a la sociedad, pero jamás he dudado que se trata de una poderosa arma que motiva para efectuar esas transformaciones que hacen los grandes políticos revolucionarios. Quizás la revolución de Lenin no hubiera podido llevarse a cabo sin la presencia benefactora de los libros de un escritor francamente subversivo: Dostoievski. Pero en general los cambios fundamentales sobrevienen por razones más concretas y menos abstractas: la miseria, las desigualdades, las humillaciones, las injusticias sociales. En todo caso, la literatura del 68, como antes señalé, enjuició en el campo moral al sistema que produjo el crimen. No obstante, a décadas de aquellos sucesos espantables, el mito ya no es la Revolución Mexicana, la que ha sido por completo derrumbada y arrumbada, ahora, es por desgracia el 68, al que le conferimos cualidades mágicas al esgrimir la consigna “Tlatelolco no se olvida”.
El sistema político mexicano es de una asombrosa flexibilidad. Hoy, con la excepción de unos cuantos, la inmensa mayoría de los que llevaron a cabo la hazaña son parte cabal del mismo estado de cosas que desearon eliminar. El Estado pese a todo no es suicida.
Tal vez la literatura del 68 adoleció de intensos momentos estéticos, pero a cambio nos dio la pasión de quienes protestamos contra la sinrazón y la brutalidad. De lo que no existen dudas es del valor político que nos trajo dicha literatura, aun en sus peores obras. Es probable que los escritores que trabajamos con materiales derivados de esa etapa de la historia mexicana, al contrario de los surrealistas, no nos hayamos propuesto transformar al mundo, no obstante se consiguió dejar una honda huella que de alguna manera impulsó cambios.
México enfrenta hoy dos tipos de soledad diametralmente opuestas: la del solitario de Palacio y la del simple ciudadano. El actual sistema mantiene el malestar social y la necesidad de cambios positivos, asimismo es visible que el sistema político mexicano no está dispuesto a concederlos. La pugna, pues, sigue en pie y anhela transformaciones.
La única certeza que tenemos es que por primera vez en mucho tiempo el Estado debe escuchar las voces de la sociedad civil.

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