Tantadel

septiembre 26, 2016

El periodismo de Elena Garro


Estamos en el centenario del nacimiento de Elena Garro, una notable escritora en busca del reconocimiento que le siguen escatimando. Continúa, a pesar de todo, siendo una marginada. Pero la pregunta es ¿por qué tanta aversión o desdén o envidia o todo junto? Muchos pensamos que es la mejor escritora del siglo XX y lo que va del XXI. Hace unos días, durante una plática sobre Elena, llegué a una coincidencia con Patricia Rosas Lopátegui expuesta en un libro, ¿Quién mató a Elena Garro?: la asesinó el sistema en una reacción contra su periodismo, el que en parte ha sido recopilado por ella, materiales que hicieron de Elena una mujer odiada y temida. México es un país que no resiste la claridad y Elena Garro escribía un periodismo combativo, muy directo, lejos del lenguaje críptico que ha encumbrado a muchos, donde el pan es el pan y el vino, por desgracia, no es otra cosa que vino. Lo hizo con dura agudeza y como maldición a sí misma: de allí nacen los odios, las aversiones y las incomprensiones, porque supo mostrarse con entereza y valor, en un caso poco frecuente en las letras nacionales, donde los intelectuales lo han usado para ser zalameros con el poder y no arriesgar nunca.
 Elena Garro comenzó por la danza y siguió con la literatura, nada en ella parecía mostrar a la polémica mujer en que se convertiría merced a un periodismo que la reflejaba con precisión, decidida a no ceder, a cambiar el mundo, a devolverles a los indígenas el paraíso perdido, a enfrentar a los intelectuales, sus pares, sin importar el costo. Pero Elena no estaba preparada para combatir el ambiente rudo de la política, se había educado para el arte, para escribir soberbias obras de teatro, cuentos de una asombrosa belleza y novelas de rotunda inteligencia. Paz, independientemente de su talento y capacidad poética, era un hombre enamorado del poder, lo vemos desde sus primeros pasos, lo combate para tenerlo, mientras que Elena lo detesta, ve en el Estado la fuente de muchos males. Su concepción de la política es elemental y razonable, cree en lo bueno y lo justo sin tener una idea exacta de cómo se llega a estos valores supremos. Cae en su propia trampa: un periodismo honesto, crítico y sincero en un medio ajeno para llevarlo a cabo.
 El libro mencionado contiene lo que Elena Garro escribió para diarios y revistas. Me llama la atención que las críticas que recibe provengan de Elena Poniatowska, en un prólogo que no le correspondía hacer. Es la diatriba de una Elena a otra: están de nueva cuenta dos Elenas: la que no supo enfrentar al sistema político mexicano y la que lo ha cautivado al grado de recibir cuanto premio y reconocimiento es posible obtener. Poniatowska incurre en omisión. Por ejemplo, ironiza la devoción de Garro por Carlos Madrazo y deja de lado la suya por el tortuoso López Obrador. Hay que recordar una idea de Marx: la historia se repite, primero es tragedia, luego farsa. Lo que en Madrazo fue desgracia, en tiempos en que no era fácil romper con el poder del PRI, (lo que hoy hasta valioso resulta), en López Obrador, es ridícula parodia. Se trata de un demagogo elemental convertido en caudillo merced a golpes baratos de audacia. Madrazo termina sus días en un sospechoso accidente aéreo, fuera del PRI y trabajando en un nuevo partido político para democratizar al país. El otro, hace el ridículo de presentarse como “presidente legítimo” y trabaja para confundir más a una “izquierda” integrada por ex priistas del peor estilo. Cada una tiene, pues, el político que se merece y Poniatowska lleva las cosas al grado ridículo de calificarse como “pejeviejita” y escribir fanáticamente un libro para confirmar la patraña de que AMLO es el “presidente legítimo”.
 Es posible que sus críticos tengan razón: el periodismo de Elena Garro no es fundamental, dentro de una prosa narrativa deslumbrante y una dramaturgia memorable. Pero su periodismo es combativo y sólo preocupado por sus objetivos. Elena Garro, en principio, escribe en un momento en que no existe la libertad de expresión, cuando el valor, el coraje, se probaba con la palabra escrita y publicada. Fue un arma que tuvo aciertos notables, como sus apasionadas defensas de líderes campesinos de la talla de Rubén Jaramillo o del intelectual guerrillero que trató de ser Régis Debray. Elena Garro ingresó con el diarismo a una realidad brutal y salvaje que pocos intelectuales han conocido y padecido.
No estaba preparada y se asustó del cofre que había abierto. Su única salida fue huir con su hija Helena Paz. Sin esa etapa, hoy nadie le objetaría la corona, que en rigor le corresponde, de ser la mayor escritora de México luego de Sor Juana Inés de la Cruz. En apariencia manchó su vida, y se sigue discutiendo su biografía y no sus obras dramáticas y novelas prodigiosas, al margen de toda indicación inteligente, como la estética lo indica y el sentido común de la literatura lo exige.
 La idea de que a Elena Garró la mató el sistema no es descabellada, la acosó, la persiguió, se aprovechó de su ingenuidad política. En esta tarea demencial y demoledora los intelectuales tuvieron parte de responsabilidad: para que el sistema detonara la granada, alguien tenía que adquirirla. Pero también la propia Elena colaboró, su ingenuidad transformada en paranoia fue decisiva. Hoy somos miles los que estamos recuperándola, dándole el lugar que merece su genio literario.

No hay comentarios.: