Tantadel

septiembre 11, 2016

Frida Kahlo y sus primeros amigos

El lenguaje desparpajado produce una certeza: no esperaba que su correspondencia fuera a parar a museos y coleccionistas.

Las cartas enviadas por Frida a sus amigos, familiares o personas admiradas son importantes, proporcionan datos y gracias a ellas es posible reconstruir no sólo su vida e intimidades, sino parte de la época que la envolvió. Están escritas con talento y agudeza, son ingeniosas, las marca el lenguaje coloquial; con frecuencia recurría a los dibujos. Raquel Tibol ve en su correspondencia textos literarios; habla incluso de una Frida escritora y por ello le solicitó el prólogo de Escrituras de Frida Kahlo al literato Antonio Alatorre. La pintora escribía con desenfado, a veces utilizaba el inglés de modo fragmentario para conseguir una suerte de divertidoespanglish; otras de plano están redactadas en inglés aceptable. El lenguaje desparpajado produce una certeza: no esperaba que su correspondencia fuera a parar a museos y coleccionistas, era la forma que tenía para mantenerse viva y rodeada de sus amigos y de sus fantasmas preferidos. En rigor, son cartas y recados literarios que hablan de una vida trágica, compleja y que no dan lugar a la cursilería o a la frase hecha. Padeciendo los peores dolores, Frida se apoya en el ingenio y el buen humor. No hay en su prosa lugar para los sentimentalismos baratos, para las quejas ramplonas, fue una guerrera.
Los primeros amigos de Frida se concentraron en un grupo preparatoriano llamado Los Cachuchas, donde se encontraba quien fue su gran amor inicial:Alejandro Gómez Arias, orador y articulista en diarios y revistas de política nacional. Una voz sensata y respetada, acaso un tanto olvidada. Es él quien mejor narró el surgimiento de Los Cachuchas en la Escuela Preparatoria de San Ildefonso.
Mis pasos por la Preparatoria —cuenta Gómez Arias en sus memorias— no parecían muy promisorios. Se me señaló como un alumno rebelde e inconforme, lo cual me creó un prestigio un poco contradictorio. Mi imagen física —mi complexión, mis ropas y mis modales— parecía no corresponder entre sí. Esta contradicción se acentuó en cuanto se me identificó con el grupo Los Cachuchas, cuya subversividad (sic) tenía cierta cercanía con la protesta y la inconformidad.
La historia del grupo ya la han contado algunos de sus miembros, como Manuel González Ramírez en su libro Recuerdos de un preparatoriano de siempre. No pretendo refutar su memoria ni añadir una nueva versión. Sólo quiero recordar algo más sencillo y, quizás, anecdótico. El nombre de Los Cachuchas provenía del hecho de que en vez de sombreros usábamos cachucha. Así de simple, aunque así de subversivo, pues la costumbre de vestir con sombrero o “carrete”, según la temporada del año, era muy rígida, aun para los preparatorianos.
Las cachuchas nos las proporcionaba José Gómez Robleda, quien entre otras de sus cualidades era sastre. Él las cosía y nos las regalaba a Miguel N. Lira, a Agustín Lira, a Ernestina Marín, a Frida Kahlo, a Carmen Jaime, a Alfonso Villa, a Jesús Ríos Ibáñez y Valle, a Manuel González Ramírez y a mí.
Los relatos de Manuel González Ramírez y de Alejandro Gómez Arias sumados dan una clara idea del cariño y la solidaridad que todos sus integrantes tuvieron entre sí. Sin duda, en la memoria de Frida Kahlo permanecieron siempre esos personajes, todavía adolescentes, que hicieron grandes obras. La correspondencia de esta excepcional mujer con Miguel N. Lira y Alejandro Gómez Arias indica un mayor afecto, un acercamiento más profundo. Lo asombroso es que aquella niña audaz y transgresora que fue Frida, iría mucho más lejos que todos los demás Cachuchas. Incluso que su gran amor, Diego Rivera, el que por momentos se ve superado por el prestigio inmenso y ahora universal de Frida. No era fácil imaginar que el mundo entero padecería fridomanía y que entonces ella se mostraría en toda su grandeza dejando empequeñecidos a sus compañeros de escuela, familiares y a muchos artistas del país.
Recuerdo cuando comenzaba la pasión por Frida, era 1970 y yo llegaba por vez primera a Nueva York: en el Museo de Arte Moderno estaban, destacados, algunos de sus cuadros, los que había visto una y otra vez en libros, tarjetas postales y exposiciones. Frida aún tenía detractores y críticos. Ahora prevalece la admiración y una exagerada valoración por todo lo suyo: cuadros, ropa, los guisos que le gustaban, los objetos que la rodeaban… Lo excepcional es que su ejemplo político, su marxismo-leninismo, es poco valorado, apenas comentado en un mundo que se globaliza al amparo del capitalismo salvaje que no conseguirá eliminar las contradicciones y seguirá siendo, lo que Frida combatió: fábrica de un puñado de multimillonarios y de millones de miserables. Poco he visto sobre su marxismo, su larga adhesión al comunismo, ideología que Frida abraza merced a la relación con Tina Modotti y no por influencia de Rivera, como algunos suponen. De su admiración por Lenin y Stalin queda poco, en todo caso se guarda como algo anecdótico junto a su gusto por el folklore mexicano, entonces poco usual. Tampoco se ha dicho mucho de sus relaciones eróticas con el creador del Ejército Rojo, León Trotsky, archienemigo de Stalin, en una época cercano a la pareja Diego y Frida, asesinado en Coyoacán. La Frida, que ahora vemos, está alejada de algo que la consumía internamente, la militancia comunista, como aRivera y a Siqueiros.

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