Tantadel

octubre 03, 2016

Haciendo el amor con música, de D. H. Lawrence

Debe ser cuestión de gustos estéticos: a mí el tango y ciertas formas del jazz me parecen sumamente eróticos, como el danzón.

Uno de los mayores artistas de la literatura inglesa del siglo XX y figura cimera de las letras universales, D. H. Lawrence, dejó multitud de ensayos, muchos de ellos sobre el amor y la obscenidad, el sexo y las mujeres. Le irritaba, desde luego, la persecución que su obra y persona habían sufrido por parte de los más torpes críticos y censores de la época victoriana que se extendió más allá de la muerte de la reina británica y que le brindó nombre a un alarmante grado de atraso intelectual y estético a escala oficial. Para muchos, entre ellos para mí, su novela emblemática es El amante de lady Chatterley: obra delicada y fina, elegante, original, genialmente escrita, fue perseguida bajo la acusación de pornográfica y sucia, pero se convirtió en un clásico de la literatura amorosa universal.
En su espléndido y desconcertante trabajo Haciendo el amor con música, uno no sabe a ciencia cierta qué trata de probar Lawrence: si aproximarse de nueva cuenta al erotismo, criticar a la moral de su época o dar por válida la idea de hacer el amor rodeado por notas musicales. O tal vez referirse a todos estos temas juntos. El principio del ensayo es tajante: “Para mí —dijo Romeo— bailar es, simplemente, hacer el amor con música”. Ello puede significar una metáfora: quienes bailan ciertos ritmos populares o clásicos tienen roces que los incitan (y excitan) y que incitan (y excitan) al espectador. Sabemos de personas que requieren de buena música para llevar a feliz término su relación sexual. En los burdeles y cabaretuchos es fácil distinguir a las personas que bailan para excitarse más que para divertirse; es posible que en este tipo de sitios el gran cómplice sea el alcohol, que desinhibe y provoca el acercamiento que da la música popular. No obstante, en la danza clásica y moderna hay coreografías que despiertan la sexualidad, probablemente no de quienes bailan, sí en aquellos que contemplan arrobados el pas de deux en un adagio.
Ahora bien, tampoco queda claro qué tipo de música recomendaría Lawrence, culta o popular. “El sexo es encantador y muy delicioso mientras se hace el amor con música y se camina sobre las nubes con Shelley, en un twostep”. Me da la impresión que se refiere indistintamente a ambos géneros porque enseguida se conduele de Maupassant, quien “quería hacer el amor con música. Y comprendió, enfurecido, que no se puede copular con música”. Estoy de acuerdo con tal posibilidad, es necesario dejar que cada arte tenga sus propios métodos y caminos. La buena música se escucha en la sala de conciertos o en casa gracias al tocadiscos.
Pero es obvio que Lawrence piensa en música popular, en música bailable. Lo que no deja de resultar interesante, porque en la gran música de pronto encontramos música como El preludio a la siesta de un fauno, de Debussy, que es francamente erótica y no es pensamiento sólo personal, se lo escuché a Carlos Pellicer y en consecuencia lo cité en algún libro de memorias. En tal sentido, nuestro queridoLawrence es tajante: “Las danzas populares modernas, lejos de ser ‘sexuales’, son netamente antisexuales. Pero también aquí debemos hacer una distinción. Debemos decir que el jazz y el tango y el charlestón modernos, lejos de ser una incitación a la cópula, están en franco antagonismo…”. Sin embargo, debe ser cuestión de gustos estéticos: a mí el tango y ciertas formas del jazz me parecen sumamente eróticos, como el danzón y ahora algunos ritmos salvajes y alocados como la lambada y otros ritmos tropicales.
“Lo que se pregunta uno —prosigue Lawrence—, al contemplar a los bailarines modernos que se hacen el amor con música en un salón de baile, es… ¿qué clase de danzas bailarán los hijos de nuestros hijos? Las madres de nuestras madres bailaban contradanzas y lanceros, y el vals era para ellas casi una indecencia. Las madres de las madres de nuestras madres bailaban minués y Roger de Coverleys, elegantes y saltarinas danzas campestres que enardecían la sangre y hacían bailar a un hombre casi hasta la cópula”. De haber vivido más años, Lawrence se hubiera encontrado con ritmos más propicios para hacer o el amor con música o de plano copular con la música, llegar al clímax con el apoyo de notas cadenciosas, suaves o frenéticas, según los gustos de la época. A mí me correspondió excitarme con las grandes orquestas estadunidenses como Glenn MillerBenny GoodmanRay Anthony y finalmente con las notas que desgranaba el sensual rock de Elvis Presley, y no es que sus notas fueran obscenas o lúbricas sino que se prestaban para que los cuerpos femenino y masculino estuvieran muy juntos y permitieran el roce de los sexos.
En la conclusión, Lawrence aclara dudas: “¡Ciertamente, es ridículo hacer el amor con música y ejecutar música para que a uno le hagan el amor con ella! ¡Ciertamente la música es para bailar al son de sus compases!”. No hay otra alternativa, pero a no dudarlo la música es un buen comienzo para hacer el amor. Quizá no haya nada más hermoso y poético que girar con la mujer amada en los brazos. El otro, insisto, es mezclar dos artes que no son incompatibles si se quiere, pero a las que uno les faltaría al respeto si las une. Yo, al menos, no suelo empalmarlas: o escucho música o hago el amor. Si intentara llevar a cabo ambas tareas, estaría concentrado en las notas de Beethoven o Mozart y no en un hermoso cuerpo femenino.

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