Tantadel

marzo 30, 2016

El Auditorio Justo Sierra es público

Cuando pasé del bachillerato a la Ciudad Universitaria, mi camino favorito para llegar a la entonces Escuela de Ciencias Políticas y Sociales (1962), era cruzar por la Rectoría y la Biblioteca tatuada por Juan O’Gorman y recorrer lentamente Filosofía y Letras, luego Derecho y Economía para finalmente llegar a un edificio pequeño que era mi casa de estudios. Pero si esta simple acción me emocionaba al ver los pasillos de F y L repletos de figuras magisteriales, Rosario Castellanos en uno, en otro Emilio Carballido, poco más adelante visitaría a Rubén Bonifaz Nuño, a Juan José Arreola y a Leopoldo Zea y buscaba su cubículos, en ese entonces me fascinaba la inquietud cultural de los alumnos. Todos discutiendo de literatura, filosofía y hasta de cuestiones de política. Lo que ofrecía esa Facultad era cultura a raudales. Y el eje era sin duda el Auditorio Justo Sierra, inaugurado en 1954, donde pasaban auténticas celebridades. Mis últimos recuerdos de esa sala ejemplar fueron las intensas discusiones de alumnos, profesores e intelectuales, polemizando con seriedad sobre el Movimiento Estudiantil de 1968. En esos momentos yo transitaba de estudiante a profesor universitario. Mi tesis fue sobre la base naval de Guantánamo.

Más adelante, en 2000, grupos radicales (ignoro en qué) se apoderaron del lugar y lo rebautizaron con un nombre al que nadie podía oponerse: Che Guevara. A partir de entonces comenzó el declive. Más que un punto para discusiones filosóficas, literarias y políticas, se convirtió en un enorme cuarto de hotel. Realmente repulsivo. A su alrededor el ambulantaje creció imparable y han sido registrados actos de extrema violencia. En una comida con el rector Juan Ramón de la Fuente, en sus propias oficinas, de entre los seis o siete invitados, Sergio Fernández le pidió que por favor recuperara el Auditorio Justo Sierra y desde luego razonó al respecto. La reacción de las autoridades estaba basada en el temor a una reacción violenta de los estudiantes. Desde luego, seguiría en las manos de un grupo de personajes extraños que han envejecido en ese sitio otrora ejemplar y que ni siquiera estudiaron en la UNAM.

Desde hace algunas semanas el tema ha vuelto a los medios y desde luego a la comunidad universitaria. Alumnos y académicos exigen que el Auditorio sea devuelto a la universidad entera, para que regrese su antigua grandeza. Algunos exigen que sea recuperado de inmediato, otros hablan de entablar un diálogo para liberarlo.

Dentro de todo este auténtico maremágnum, aparece como uno de los pilares del despojo un hombre que responde al apodo de El Yorch, quien, según los medios tuvo la audacia de confesar el despojo y su responsabilidad, pero nadie sabe por qué la PGR nunca ha actuado. Algo semejante ha pasado en la UAM-X ante varias amenazas de bomba: las autoridades no atendieron con eficacia las llamadas de la rectora Patricia Alfaro, algo que se hizo público a través de un desplegado.

En las redes sociales la polémica ha subido de tono entre quienes desean la devolución del inmueble y el pequeño grupo que le gusta como habitación colectiva. Si he de creer en La Razón (lunes 28 de este mes), el rector Enrique Graue en reunión del Consejo Universitario, “advirtió que si por la vía del diálogo no se desocupa el auditorio, se buscarán fuerzas externas para liberar este espacio”.

Es evidente que la comunidad universitaria está en todo su derecho de pedir la liberación de un auditorio histórico y propiedad de la Ciudad Universitaria. No es posible que lo privatice un grupo. Hay que devolverle la dignidad perdida. De lo contrario, otros grupúsculos seguirán el ejemplo y la universidad pública perderá parte de su enorme prestigio. En estos momentos en que las ideas conservadoras se apoderan del Estado y en que todos son gozosamente privatizadores, hasta quienes se ven a sí mismos como ajenos al neoliberalismo, la función de la universidad pública es crucial. Allí se discuten los grandes temas, se investiga a fondo, se imparten cátedras con plena libertad. No es el mejor momento para arrebatarle un trozo significativo a la Ciudad Universitaria. Ella es patrimonio de la humanidad y como tal debe ser tratada.

Las universidades públicas, con sus defectos y virtudes, siguen siendo un camino salvador de México. Sus más acabados productos: los egresados, son personas que salen con preocupaciones sociales y han hecho un ejercicio ya poco común en México: amarlo sinceramente, distante del patrioterismo barato de los políticos. Si permitimos que el auditorio de Filosofía y Letras siga en manos deplorables, que le dan un uso vergonzoso, estamos contribuyendo a la degradación del más acabado proyecto que México ha podido llevar a cabo: la Ciudad Universitaria, esa joya arquitectónica y de enorme belleza espiritual que ha sido una inmensa fábrica de artistas, científicos, pensadores, humanistas, maestros, artistas plásticos y escritores. Es el momento de actuar, recuperar el auditorio y en lo sucesivo impedir que sea una institución agredida, vulnerada.

marzo 28, 2016

El peligroso efecto Donald Trump

A estas alturas del proceso electoral norteamericano, ya sabemos lo suficiente de los más sólidos aspirantes a suceder a Barack Obama. De un lado está Hillary Clinton, una demócrata de mucha experiencia política, la que incluso vivió en la Casa Blanca ocho años, es inteligente y talentosa. Ya antes quiso llegar a la presidencia de Estados Unidos, pero el ímpetu de Obama la detuvo. Sin embargo, ocupó un alto cargo en los primeros años de la administración del actual mandatario. Una mujer de ese altísimo rango y profunda conocedora de los secretos de la política exterior e interior de su país, la hacen la aspirante ideal. Se supone que cada vez que un demócrata ocupa la Casa Blanca, a los mexicanos nos va bien. Habría que definir “bien” en este caso.

Pero del lado opuesto a la señora Clinton avanza un auténtico troglodita: Donald Trump. Sin militancia política, por ahora es el dueño de los republicanos, ningún otro candidato de tal partido posee la popularidad de este millonario extravagante. Con suma facilidad ha logrado enamorar a toda la extrema derecha estadunidense que, por cierto, no es poca. Si bien antes era admirado por sus humoradas y sus excesos, por eventos como el concurso de Miss Universo, ahora es apreciado como salvador de la patria que Dios ayudó a conformar tan exitosamente. El Destino Manifiesto se ha visto avanzar con lentitud y no con la celeridad de antaño, cuando, por ejemplo, cañoneó Tokio casi al mismo tiempo que le arrebataba, luego de una veloz guerra, la mitad del territorio a México. Ahora Dios estimula a Trump para que detenga a los emigrantes y su país prosiga su avance hasta llegar a la cúspide, pero ahora sin mayores rivales.

En principio Trump vapuleaba solamente a los mexicanos. Eran su blanco ideal. Llegó al extremo de proponer la creación de una especie de muralla china a lo largo de la amplia frontera que ambos países compartimos y además tendríamos que pagarla nosotros. Pero el voto latino, donde se hallan millones de mexicanos de origen, empieza a preocuparle, no obstante, siguen en la mira.

Ahora los atentados en Bruselas le han dado nuevos argumentos para mostrar su aversión por los que no son países aliados del suyo. Los atentados de Bélgica le revitalizaron el fatigado discurso y ahora desea cerrarle las puertas también a quienes vienen de naciones sospechosas de no ser admiradores de los valores norteamericanos. Al mismo tiempo, ve a los mexicanos, sean o no narcotraficantes, como enemigos a quienes hay que eliminar sin miramientos.

Al menos en México, blanco principal de las aversiones del millonario Trump, ha habido respuestas, algunas atinadas, otras no tanto, pero los nacionales le responden y hasta lo convirtieron en Judas y en diversos puntos quemaron su efigie. El gobierno de Peña Nieto no ha hecho ni las críticas adecuadas ni ha hecho llegar sus preocupaciones en caso de que gane el desquiciado empresario metido a político, por sus virulentas declaraciones contra México y los mexicanos que viven y trabajan en territorio norteamericano. En tanto, Trump ya descubrió que así como los judíos en Alemania en la década de los treinta, eran un exitoso punto para sus desahogos, los mexicanos le son de enorme utilidad para atraer el voto de una población conservadora, fascistoide, a darle el poder que requiere para triunfar y, como Hitler, llevar a cabo sus promesas de campaña.

Durante su parada en Buenos Aires, Obama fue cuestionado sobre las palabras del candidato republicano. Pudo hacer un discurso incendiario y poner las cosas más claras en su país, prefirió minimizar el asunto afirmando que era muy difícil, cuando no imposible que el millonario llegara a la Casa Blanca. En México, Vicente Fox, no dejó pasar la oportunidad de usar duras palabras contra Trump. Aquí tuvieron algún eco. Dudo mucho que les preocuparan a los norteamericanos, menos a Trump, quien apenas debe tener alguna información sobre nuestro pintoresco ex presidente.
Sin la menor duda ya es tiempo que los actores políticos rivales de Donald, hablen con la verdad y usen un lenguaje claro para advertirle a la potencia y al resto del mundo los riegos que el planeta pasaría si llegara al poder. A muchos gobernantes del mundo desarrollado debe preocuparles la estabilidad internacional, pues no es lo mismo que un país diminuto, más o menos del tamaño de Puebla, como Irán tenga armas nucleares, ni siquiera tiene cohetes apropiados para lanzarlos. El caso es que en EU hay un arsenal inmenso y muy sofisticado, para destruir al planeta. De allí que sea necesario detener a Donald Trump. Como bufón de los medios ya estuvo bien. Es el momento de reflexionar qué haría un hombre demente como él cuando le entreguen el mando del ejército más poderoso que ha contemplado el orbe en miles de años.

marzo 27, 2016

Relatos para leer en Semana Santa

Supe de buena fuente eclesiástica que Satanás escribe, que ha ocupado su escaso tiempo libre en redactar novelas y poemas.

Corrección bíblica
El término “creó”, citado en el Génesis, debe ser sustituido de inmediato por uno más preciso: “inventó”.
La gran mentira de la Iglesia
Luego de una vida completamente dedicada al pecado, Jorge Burton murió en completa tranquilidad, sin arrepentimientos de ninguna especie. Sin preocuparle su destino en el más allá. Ni siquiera fue creyente. Así que cuando despertó su espíritu, una fuerza sobrenatural lo sacó del ataúd y lo encaminó a un lugar por completo helado, atrozmente frío. Conforme se adentraba en aquel extraño sitio, más temblaba por la bajísima temperatura. Es un auténtico témpano y hace un frío de los mil demonios, pensó. Al fin fue recibido en una gran sala congelada; en el trono de hielo estaba el llamado Príncipe de las Tinieblas, Satanás. Una voz que parecía no salir de ningún sitio le explicó:
—Esto, querido pecador, es el Infierno.
—¿Y las llamas, dónde está el fuego?, tiritando preguntó el recién llegado.
—Ah, otro ingenuo que creyó las mentiras de la Iglesia —repuso la voz y de inmediato fue conducido a una suerte de inmenso iglú donde su espíritu desnudo quedaría para siempre, eternamente.
La eternidad sólo tiene una ventaja: la de reflexionar una y otra vez, sin fin, pasar de un argumento a otro en medio de dolores atroces. En este caso, Jorge Burton, que aparte de sumar pecados tenía lecturas, recordó una frase de Borges de El libro de los seres imaginarios, el texto Haokah, Dios del trueno: “Sentía el frío como calor y el calor como frío”. Posiblemente era el caso de Satanás y la interpretación que la Iglesia le había dado. Pero ya no era importante. Ambas cosas extremas son torturantes.
La verdadera libertad
Todos estamos condenados a morir, nadie puede evadir la muerte. Los grandes intentos por evitarla han terminado en sonoros fracasos. Quizá los únicos que han podido ofrecer la inmortalidad son los escritores con personajes imbatibles: Fausto, Dorian Gray, Frankenstein, Drácula… La ciencia, a lo sumo, puede extender un poco la vida. La misma muerte está expuesta a la muerte. De hecho, ya murió hace tiempo, lo mismo que las deidades. Nietzsche notificó la muerte de Dios, refiriéndose al Dios cristiano (“pues ha llegado a ser inaceptable”), Él y su corte celestial fallecieron a tiempo; sin embargo, las personas creyentes se negaron a aceptarlo y en un empeñoso y vano esfuerzo siguieron rezándole y solicitándole favores. Nietzsche, al contrario de Kant, que veía a Dios “como creador omnipotente del cielo y de la tierra”, no mentía en su afirmación, donde se equivocó fue en el vaticinio del fin del cristianismo, “una religión de esclavos”, que impide la existencia del superhombre, aquel que debe vivir peligrosamente. Esta fe subsiste, mas no crece, se ha estancado y en algunos países decrece con lentitud, cede ante el poderío de otras religiones menos fantasiosas y más pasionales; a pesar de ello, es probable que sea capaz de subsistir otros dos mil años antes de que aparezca —como deseaba el pensador alemán— un hombre con voluntad de poder, no sujeto a escrúpulos religiosos y morales, alguien plenamente libre.
¿Crimen o suicidio?
Nos guste o no, Jesús —que sabía perfectamente su destino— optó por el suicidio.
Literatura diabólica
y crítica celestial

“Ahora bien, el Diablo no es mal escritor”. Max Aub.
Supe de buena fuente eclesiástica que Satanás escribe, que ha ocupado su escaso tiempo libre en redactar novelas, poemas, obras de teatro, cuentos y que ahora justamente está empeñado en varios tomos de memorias. Sus libros han tenido una amplia difusión entre los habitantes del Infierno, se sabe que son sus lectores cautivos. Bueno, si alguien no los adquiere, su tormento puede ser mayor aún. Al parecer, Satanás quiere un enorme círculo de admiradores. Piensa que el planeta entero puede caer rendido ante su sólido talento literario. Ya un recién llegado al Averno dijo en cuanto leyó los primeros volúmenes que su estilo era francamente diabólico, su inteligencia infernal y las tramas endiabladas. Resuma fuego por todos lados, concluyó antes de pasar a una elegante sala de tortura, donde lo esperaban pequeños demonios con agudos tridentes.
Cuando los medios de comunicación den la noticia, la obra literaria de Satanás circulará por el mundo. En tanto, el director del suplemento cultural de The New York Times se limitó a decir: “Antes de leerla habrá que esperar la crítica de Dios, quien ya ha comenzado la lectura demoniaca. Trabamos contacto con él a través de su santidad el Papa y prometió enviarnos en exclusiva el análisis detenido de los textos diabólicos”.
Por su parte, hay inquietud entre los lectores, ya hay millones de pedidos, saben que los libros podrán tener muchos defectos, menos el de ser aburridos.

marzo 25, 2016

Cuba y Estados Unidos, ¿el fin de la Guerra Fría?

Según Obama, con su vista a Cuba y luego de un juego de beisbol que ganaron, por cierto los norteamericanos, y con su sola presencia puso fin a la compleja Guerra Fría que con regularidad se calentaba. Sin embargo, las palabras del mandatario estadunidense son superficiales. Él sabe que en el fondo el asunto de tener buenas relaciones con Cuba es complejo. Él mismo debe estar cierto de sus exageraciones. Habla de respeto a los derechos humanos, cuando sus tropas y servicios de seguridad nacional transformaron Guantánamo de base naval de aprovisionamiento para sus barcos, en centro de torturas a sus enemigos árabes. Sabe que para eliminar el embargo a la isla requiere la aprobación del Congreso y de la misma opinión pública de su nación, tan conservadora en general.

Sin embargo, hay otros elementos igualmente poderosos que pronto actuarán si no es que ya están haciéndolo: el exilio de Miami que tan alto y poderoso es en EU. He escuchado a multitud de cubanos preguntarse qué sigue después de la familia Castro. La respuesta es evidente: regresar a la democracia, tal como ahora la interpretamos, pero el exilio de la Florida se ha esparcido por todo EU y es rencoroso y vengativo. El problema es que el comunismo cubano no ha preparado a cuadros jóvenes que sepan llevar a cabo una activa participación novedosa, moderna. El Partido Comunista no es ya el indicado para operar en la transición. Del otro lado, la aversión se ha acumulado. Pensemos que los que marcharon a Miami no son aquellos sin preparación y exentos de recursos materiales, sino parte importante del antiguo sistema, el que se derrumbó temporalmente con el arribo de los revolucionarios barbados y con dirigentes decididos, proyectos nuevos y en su momento inicial justos. No está conformado por campesinos desesperados como aquellos mexicanos que emigran a la potencia norteña, que apenas tienen un poco de poder político y económico más por su número que por la fortaleza intelectual de su triste emigrar. El exilio cubano en Miami venía del poder y en el poder estadunidense se ha reconformado, reconstruido y hasta penetración tiene en los círculos políticos y económicos más elevados. Es, pues, un exilio poderoso y vengativo. A lo largo de cinco décadas depuró su aversión al sistema impulsado por Fidel Castro. Es más, muchos de ellos solicitan la devolución de sus bienes embargados por la Revolución.

El éxito de Donald Trump confirma que la sociedad norteamericana es conservadora y hasta enemiga de toda forma de vida política ajena a sus valores. Si hoy existe el extremismo islámico, se debe a la gratuidad y violencia de las intervenciones de EU en diversos países árabes. Imposible dejar de lado que este hombre demencial y aguerrido no sólo detesta a los mexicanos y a los árabes, sino también a los cubanos de la Isla. Dudo que gane las elecciones presidenciales, pero de cualquier forma es evidente que EU tiene una inmensa población patriotera y enemiga de toda forma de vida que no concuerde con sus valores.

Dudo mucho que la Guerra Fría haya desaparecido, aun suponiendo que acabe el bloqueo, los yanquis devuelvan la base de Guantánamo, quedan latentes las inconformidades internacionales que la violenta hegemonía estadunidense ha creado por todo el mundo. Los atentados de Bruselas, bien analizados, con serenidad y agudeza histórica, son el lamentable resultado de la destrucción que las tropas norteamericanas y sus aliados europeos han llevado a cabo en Oriente Medio. Condenemos esa inútil brutalidad, pero no olvidemos de dónde y cómo nació. Las guerras que desatan la Casa Blanca y el Pentágono no son en busca del respeto a los derechos humanos, es invadir para normar y remodelar a países de largas tradiciones y valores distintos a los suyos, es hacer negocios con la reconstrucción, es reactivar su poderosa maquinaria e industria norteamericana.

Cuba merece algún respeto a su Revolución, fue hecha con sinceridad y en tiempos muy distintos. Como todo gran movimiento social, hubo errores e injusticias. Para colmo, la historia le hizo una dura broma al derrumbarse el bloque socialista que la apoyaba. Hoy declina penosamente apoyada con argumentos más sentimentales que políticos. Pero no hablamos de los casos como Venezuela o el mismo Brasil, donde líderes que venían de una izquierda combativa entregaron el país a la globalización capitalista y de paso se corrompieron y engañaron al pueblo con demagogia quintaesenciada.

   El venturoso (en apariencia) encuentro entre Raúl Castro y Barack Obama es apenas un tímido arranque. Obama es belicoso, pero más lo son los sectores reaccionarios de su gran nación y, en tal sentido, Trump los representa a la perfección, de allí su éxito.

La Guerra Fría no ha cesado y tardará mucho para que sea cierto el fin del embargo a la Isla, los participantes para que esto suceda son muchos y el que las provoca y mantiene es la arrogancia norteamericana.

marzo 23, 2016

Autoridades ambientales inútiles

Es lamentable ver cómo las autoridades de la Ciudad de México actúan sólo cuando aparecen tragedias. Siempre que hay una se abren las cajas de conflictos y descubrimos todas las anomalías que muestran que muchos colaboradores de Mancera no están haciendo bien su trabajo. En días pasados, los intensos vientos, que ayudaron a la disipación de contaminantes, mostraron las irregularidades en los anuncios espectaculares que incumplen las normas de seguridad exigidas. La gran cantidad de árboles caídos muestran una vez más la ineptitud de las delegaciones. Es un viacrucis quitar un árbol muerto, en plena calle y que pone en riesgo la seguridad  de los ciudadanos. En Tlalpan, por ejemplo, los responsables de retirarlos piden a los vecinos cinco mil pesos por cada uno. ¿Para qué sirven nuestros impuestos? Tiene que llegar un fuerte viento para que lo derribe, con consecuencias fatales en algunos casos.

Ahora con la altísima contaminación las autoridades ambientales ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Tania Müller es experta en azoteas verdes y en bicicletas, pero no en medio ambiente. No ha entendido que es una variable transversal que cruza todos los sectores de la actividad económica: transporte, vialidad, construcción y demás actividades.
El transporte público es una vergüenza: sucio, con conductores cafres, que no respetan ninguna señal de tránsito, contaminantes, en pésimas condiciones y que realizan paradas donde se les pega la gana. Además, está saturado, hay rutas que están sobreatendidas y otras en donde no llega ningún autobús. Mientras logran modernizar ese servicio, bien pudiera la señora Müller ordenar esas unidades, con normas claras de dónde deben subir y bajar pasaje, pero está más preocupada por organizar carreras de bicicletas que atender los efectos del sistema de transporte público, hasta que los ciclistas empiecen a caer muertos en las calles por la altísima contaminación.

Los verificentros son instancias de alta corrupción. Por lo menos conozco 20 personas que han pagado “el brinco” para que su auto pase la verificación y obtenga la calcomanía 0 y así circular todos los días. De esto no tiene la culpa la Suprema Corte, como argumentó Tania Müller. El Centro Mario Molina hizo un estudio a partir de mediciones en 2015 y concluyó que cerca del 45% de los vehículos con holograma 0 y más del 80% de los que tienen holograma 2 rebasan los límites permitidos por la normatividad actual. Esto es porque lograron acceder a esas calcomanías que les permiten recorrer las calles “aprovechando prácticas de corrupción y fallas evidentes en los sistemas de verificación”.
Es necesario acabar con ocurrencias y medidas populistas y electoreras. Hay que evitar que las manifestaciones de unos cuantos afecten la salud de muchos ciudadanos. Deben tomar decisiones olvidando el costo electoral. Esto lo único que ha ocasionado es el inmovilismo y el dejar hacer. Por las mismas razones, la capital del país es un mar de ambulantes que estorban y producen toneladas de basura.

Existe una desarticulación entre todas las áreas que afectan el medio ambiente, que en ocasiones es risible. Por un lado, el nuevo reglamento de tránsito, preocupado por la seguridad, no tomó en cuenta el medio ambiente. Las velocidades autorizadas lo afectan seriamente. Por otro lado, el alto crecimiento del parque vehicular se enfrenta a la diaria reducción de espacios para circular. En cambio, observamos ciclopistas vacías. Obras por todos lados que crean embudos, tapones y caos.

Basta de demagogia. Se tienen que poner a trabajar en serio políticos, legisladores y funcionarios de la Ciudad de México. El colmo fue la charlatanería de los políticos que dejaron sus camionetas blindadas para tomar transporte público junto con sus guaruras y fotógrafos para que los retrataran. Con el enojo de los asiduos a tal transporte, quienes comentaron que ya viajan como sardinas y ahora tienen que soportar hasta guardaespaldas que los empujan para que puedan ser fotografiados sus jefes en el Metro o en el autobús.

Es cierto que hay instancias responsables directas de estos desaguisados que provocan confusión en la Ciudad de México, pero si la señora Müller entendiera la función transversal del medio ambiente, bien pudiera estar trabajando en el establecimiento de normas para que los sectores que incidan en él las cumplan y no dejarlos actuar impunemente. Debería estar buscando nuevas tecnologías anticontaminantes en todos los ámbitos para aplicarlas en México, en lugar de organizar maratones y carreras en bicicleta.

Todos estos problemas han puesto al descubierto la falta de una planeación integral en la Ciudad de México. Cada quien hace lo que le viene en gana. Hasta instancias privadas como las relacionadas con las telecomunicaciones abren zanjas donde se les ocurre y no las tapan adecuadamente. Y Tania Müller se atreve a declarar que en 2016 habrá el doble de precontingencias que en 2015. ¡¿Y!?

Flaco favor le hace Tania Müller a Mancera en sus aspiraciones presidenciales con todas las pifias que comete: cada dos días lo pone en ridículo, lo exhibe. Él menciona que no le afectan políticamente, pero debe preguntarle a la ciudadanía qué opina de esos desaguisados.

Doña Tania Müller, si no puede con sus responsabilidades, ¡renuncie! No le haga más daño a los citadinos y de paso a Miguel Ángel Mancera.

marzo 21, 2016

Los riesgos de la buena literatura

La literatura tiene sentido del humor negro y una de sus mejores bromas es la de permitir que el personaje de una obra literaria supere al autor, se haga más famoso. Salta a la vista, Don Quijote quien ha superado con creces a Cervantes. En el mejor de los casos, los artistas plásticos que han ilustrado la celebérrima novela, al delgado y demencial caballero le ponen el rostro de quien lo inventó. Para la mayoría, le es igual ver a Cervantes o al Quijote: hallan siempre al personaje. Jorge Luis Borges señaló que Quevedo tenía más genio que Cervantes, pero que lo esparció a lo largo de muchas obras. Cervantes lo concentró fundamentalmente en Don Quijote. Podríamos decir algo semejante de García Márquez, su magia narrativa estalló en Cien años de soledad; en cambio Hemingway, muy representativo de Estados Unidos, la puso en cada uno de sus libros, es, pues, la suma de muchas obras e infinidad de personajes.

Esto es algo frecuente, que la creación supere en fama al inventor. En donde viviera Charles Dickens, en Londres, no lejos del Museo Británico, es posible ver entre sus pertenencias literarias un libro que sólo tiene en sus pastas: Moby Dick, sin el nombre del autor, al verlo, todos piensan en el escritor: Herman Melville. La temible ballena blanca es mucho más famosa que el hombre que le dio vida y creó un mito marino fabuloso.

La lista puede ser casi infinita. Todo el mundo conoce a Drácula, le temen incluso, pero no son muchos los que saben del autor: Bram Stoker, quien dicho sea de paso, no produce ningún temor, a diferencia del mucho que causa su vampiro, ni de la larga secuela que hemos tenido que soportar.

Entre los afectos a las letras, nadie ignora quién fue Gulliver, cómo viajó, naufragó y le ocurrieron fantásticas aventuras con diminutos seres en Liliput, en Houyhnhnms, un reino de elegantes y puntillosos caballos cuyas leyes eran superiores a las de Gran Bretaña, pasando por Brobdingnag, país de gigantes. Y sobre Swift, ¿qué tanto sabemos? Mucho menos, en ocasiones nada, pese a que su espíritu satírico y políticamente muy avanzado, tendríamos que ponerlo junto a los grandes utópicos de los clásicos griegos a los renacentistas.

Gracias a la cinematografía norteamericana, Peter Pan es un huérfano tan afamado como los Reyes Magos; sin embargo, tiene padre inglés: el escritor J. M. Barrie, mientras que Harry Potter no parece ser criatura de la señora Rowling, ella apenas es conocida a pesar de que su vida ha pasado a las pantallas cinematográficas y de desempleada, merced a su talento, se ha hecho multimillonaria.

La apostura, la fidelidad a una mujer bella, tonta y frívola y su enigmática fortuna, han hecho de Gatsby un personaje relevante que ha superado en fama a Scott Fitzgerald.

Quizás el caso más grave sea el de Madame Bovary, quien ha opacado por completo a su creador, al hombre que como pocos utilizó la “palabra justa” en cada página. Se llegó al extremo de que Flaubert declaró, ante la insistencia de sus millones de lectores y admiradores, que él era Emma Bovary. De aceptarlo, Flaubert no existió. Un caso semejante podría ser el de León Tolstoi al ser menos afortunado que Ana Karenina, una amorosa y dramática suicida.

Shakespeare por momentos es un nombre menos conocido que Hamlet y Otelo. Éstos simbolizan enormes tragedias, el de William no tanto, es un poeta y dramaturgo que se ha empeñado en sobrevivir y lleva más de quinientos años en la tarea. Junto a Cervantes, ocupa la cumbre del arte literario. Es casi imposible pensar que alguna vez habrá otro para conformar una triada universal. ¿Dante, Milton, Poe, Kafka, Joyce, Proust?

Werther borró a Goethe. En el siglo XIX el nombre del personaje sirvió para denominar al suicidio y hasta hoy entre el primero y el segundo, me parece que resulta más identificable el suicida. Durante décadas, a la muerte voluntaria se le denominaba “Mal de Werther”. Cuestión de gustos, sin duda. Rubén Bonifaz Nuño adoraba a Dumas.

Los niños del mundo aman a El Principito, pocos reconocen el nombre del osado aviador Antoine de Saint-Exupery. Pero hay algo peor, quizás extremo. Ningún detective como Sherlock Holmes ha sido tan célebre. Cuando su autor decidió, con dosis de envidia, matarlo, la reacción de millones de admiradores del investigador privado fue ruidosa y su creador lo devolvió a la vida. Hoy los ingleses y aquellos que visitan Londres no dejan de buscar Baker Street y todo indica que Sherlock vive. Los turistas preguntan por sus movimientos y tareas. Nadie interroga sobre su creador, quien hizo otros personajes célebres que tuvieron aventuras increíbles, como el profesor Challenger.

En México Pedro Páramo ha superado el prestigio de su creador: Juan Rulfo, pese a que es uno de los mayores narradores del castellano.

 Existen otro tipo de situaciones dentro de la literatura. En fin, la lista es excesivamente larga. Queden por ahora estos ejemplos.


marzo 20, 2016

Literatura urbana en México (II)

Son justamente los problemas que concede la gran ciudad los que atraen la atención del escritor. Pero hay más: la riqueza idiomática.

Las ciudades no son recientes. Sólo la Biblia destaca dos antiquísimas: Sodoma y Gomorra, a donde los campesinos de los alrededores y los nómadas llegaban a adquirir productos más elaborados y, sobre todo, a pecar. Dios descargó su ira sobre ambas. Al nacer las ciudades, la Arcadia pasa a segundo plano. El Edén quedó en calidad de utópico y selecto club de tres si incluimos a la serpiente. Gradualmente las urbes se multiplican, se convierten en referentes, se adueñan de la historia y la literatura.
En el México actual el eje de las letras urbanas es básicamente su capital. Con un inaudito tamaño, diez millones de habitantes y  más de 3.5 millones de vehículos automotores, altamente contaminada, dueña de una severa concentración cultural y política, pletórica de contradicciones sociales, residencia de los Poderes, escenario de bestiales represiones, punto clave de la demagogia oficial y lugar capaz de inquietudes, ternuras, odios y amores, la Ciudad de México, atrae como pocas la atención de los escritores cualquiera que sea su origen.
Después de los sesenta, autores como Gustavo SainzJosé Agustín y Parménides García Saldaña descubren el mundo de la adolescencia capitalina y le dan a la ciudad un vigor inusitado. Con otros, la urbe era un personaje un tanto inerte, se movía en cámara lenta, parecía simple testigo, un escenario pasivo, mientras que con la llamada Onda la ciudad se mueve vertiginosamente acompañando el ritmo de las andanzas de los habitantes más inquietos por ahora, los jóvenes. El lenguaje citadino coloquial está en ellos con toda su riqueza. Su influencia es considerable.
Son justamente los problemas que concede la gran ciudad (en buena medida sicológicos) los que atraen la atención del escritor. Pero hay más. La riqueza idiomática de una metrópoli es superior a la que proviene del campo, donde por regla general la acción transcurre con monotonía y los choques culturales y conflictos sociales tienen ya pocos efectos estéticos. Solamente en la Ciudad de México podemos encontrar dos, tres o cuatro idiomas: el castellano de los sectores medios juveniles, el habla de los marginados, todavía con ecos rurales, el de los adultos burgueses y pretenciosos, con aires pomposos y errores de construcción, el que circula en internet con frases penosas y telegráficas, y así por el estilo. Bastaría leer una novela sobre Tepito y otra que ocurra en el sur de la capital para percatarnos de la aseveración. Lo mismo es válido para el conflicto: los grandes movimientos sociales, de obreros y estudiantes, por ejemplo, ahora se dan en las ciudades. En ellas sus habitantes están más informados de lo que sucede en el mundo, pues habitan dentro de puntos que suman muchísimos medios de información, universidades, librerías, cines, teatros, etcétera. Por ello la literatura no volverá a ser rural, no en los términos que conocemos.
Nuestro campo sigue con problemas gravísimos, ocurren despojos y asesinatos bestiales como el de Ayotzinapa, pero éstos al parecer han dejado de interesarle a la literatura para entrar de lleno, con más escándalo que talento, en el periodismo. Son las urbes irrespirables y difíciles de transitar, siempre mal gobernadas, y lo que dentro de ellas sucede, lo que motiva su trabajo. Sin embargo, no es causa de lamento, el arte, como todo, está en perpetuo movimiento. Las ciudades de las naciones capitalistas (no hay de otras) tienen tal cantidad de contradicciones que es natural que sean materia prima para el novelista. Las metrópolis se han convertido en los puntos neurálgicos de las sociedades civiles, son los instrumentos que detectan con sensibilidad el hastío o el grado de bienestar que se posee. Los gobiernos trabajan para ellas: en el medio rural puede faltar energía eléctrica o agua, muy poco en las ciudades. El centro de nuestro interés es, sin sentimentalismos, la gran urbe y no la pequeña comunidad pastoral. Es normal, entonces, que el artista hoy en día, con frecuencia nacido en la ciudad o modelado espiritualmente por ella, educado dentro de un estrato social no agrario, trabaje en la creación de novelas y cuentos cuyas anécdotas e historias transcurren en medio de la violencia y la problemática que emana de la urbe.
Fue un puñado de novelistas que rompió con el pasado rural, pero son las generaciones siguientes las que consolidan el nuevo fenómeno: en particular, perdón por el gesto arrogante, la mía, la que sin imaginación fue denominada la “Onda”. Provocamos alocadas carreras de jóvenes citadinos. Sepultamos sin duda el mundo rural tradicional. Si algo posterior toca el campo es porque allí hay luchas sociales intensas, la guerrilla, por ejemplo.
Si observamos los géneros literarios que han aparecido en los últimos 100 años y cuya importancia ha sido definitiva para el arte, podremos percatarnos que todos de una u otra manera pertenecen a la ciudad: desde el género policiaco, hasta la ciencia-ficción (colocada en la urbe futura o en las de otros sistemas planetarios), pasando por la novela de conflictos sicológicos, intimista e incluso el nouveau roman. De allí que esas angustiosas aglomeraciones sean vetas artísticas que facilitan el trabajo de los narradores. La literatura es conflicto y éste lo hallamos a granel en las metrópolis, nutriendo novelas y cuentos, permitiendo que aparezcan poemas y obras de teatro. El arte ha roto para siempre con lo bucólico. Las ciudades descienden en línea directa de aquéllas que provocaron la rabia de Dios. Son prostitutas, en consecuencia llaman poderosamente la atención de la literatura.

marzo 18, 2016

Ricardo Cartas: la literatura contestataria juvenil

Hace unos meses escribí una breve minificción: “La metamorfosis de Kafka y el Estado”. Decía lo siguiente: “Kafka parecía distante del zoon politikón. Bien leída, su asombrosa literatura revela multitud de metáforas y parábolas políticas y sociales. Al concluir la lectura política de su célebre relato La metamorfosis, podemos extraer una moraleja: Una de las más eficaces máquinas destructivas del espíritu se llama trabajo de oficina, mientras que no existe peor autoritarismo que el de la familia, pequeño Leviatán que se transforma en un monstruo opresor: el Estado”.

Y hace algunos años, luego de leer El animal moribundo, de Philip Roth, sugiere que el matrimonio es una cárcel de alta seguridad. El colmo es que la idea viene de más lejos. Para el revolucionario francés Jules Vallés, en una obra memorable,El niño, escrita antes de la Comuna de París, son las escuelas los claustros que estremecen las almas de los pequeños y de los jóvenes. Esto es, no acabamos de avanzar en las concepciones que tenemos acerca de las más cercanas instituciones que tenemos los seres humanos para avanzar.

Ahora Ricardo Cartas, un notable narrador poblano, de muchas maneras conectado con la generación a la que pertenezco, la de José Agustín, Gustavo Sainz, Parménides García Saldaña, a la que Margo Glantz, a falta de algo más penetrante, calificó como de “La Onda”, acaba de publicar en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, una novela fascinante y divertida, amena: Bilopayoo Funk. En ella sus personajes se mueven justo por las estrechas dimensiones, cerradas culturalmente, de una aldea y la trastocan. Son personajes irreverentes, que detestan palabras como prohibir, buenos herederos de las corrientes libertarias y en verdad democráticas y autogestionarias del 68, nacido en París y que velozmente recorrió el mundo.

Hoy, para colmo, las utopías se esfumaron, nos agobia el neoliberalismo y la frivolidad y la estupidez se han globalizado. Los sueños se esfumaron o se refugiaron en el imaginario literario y musical grueso. Algún personaje de la farándula con sentido del humor dijo hace poco que cómo iba a ser la Ciudad de México una capital de izquierda, como insisten sus autoridades desde hace años, donde todo está privatizado.

Si yo quería ver lo que al principio señalé, lo hallo en la novela de Cartas. Es algo que bien podríamos llamarle como el célebre filme: Atrapados sin salida. Jóvenes acosados y hasta detestados por brujas y seres fantasmales que viven en el Medievo. Pero si temáticamente me seduce, lo que más me llama la atención es su cuidada prosa, la estructura de la novela. Cuando la obra fue presentada en la Feria de Minería en la Ciudad de México, los comentaristas llegamos a la conclusión de que la gran aportación es la forma en que Cartas narra sus historias. La velocidad literaria y las descripciones irónicas, siempre salpicadas de buen humor, nos llevan por laberintos que producen risa o ganas de llorar ante tanta idiotez.

Los muchachos que Ricardo Cartas nos presenta son audaces, pero el peso de la sociedad los abruma. La lucha que dan es ancestral. Nunca hemos pasado de una generación a otra sin romper valores, paradigmas y reglas. Desde que conozco a Cartas lo he visto como un escritor que, con elegancia y una sonrisa siempre, destruye rejas y se salta barreras. A pesar de las diferencias de edad, nos entendemos porque ambos hemos perseguido lo mismo: la libertad, yo fracasé, me falta ser un “burócrata decente”, dudo que él llegue a serlo. En sus letras iniciales está la semilla de una gran rebeldía que no tiene fin. Hace las cosas a su muy especial manera, pero pisotea valores y lo peor es que nadie se da cuenta a pesar de que lean sus libros o escuchen sus amenos programas radiofónicos.

Finalmente, la demagogia de los llamados “izquierdistas”, Mancera entre ellos, dicen que la Ciudad de México es de izquierda, en consecuencia es la vanguardia del mundo, puesto que Cuba regresa a sus épocas prerrevolucionarias, Lula y Dilma se tambalean por sus actos de corrupción y demagogia, Evo Morales ha resultado un fraude y para qué hablar de Venezuela, a donde fusionaron a Bolívar con un marxismo leninismo de palmeras y harto sol. ¿Qué les queda a los jóvenes mexicanos? No mucho. El libro de Ricardo Cartas, en tal sentido, y con negro humor, lo muestra. ¿De izquierda la flamante Ciudad de México? Pero si no existen ni las vueltas a la izquierda y algo peor, tampoco a la derecha. Nos queda la recta, lo más cercano entre dos puntos. El centro, decía Norberto Bobbio, es la negación de la política. Los cero grados y en ese Limbo nos tiene el sistema político mexicano. Pero el tránsito es tan intenso, tan de país capitalista subdesarrollado, que lo avanzado es afirmar que México es un país de futuro incierto y eso lo refleja el desánimo y la cruda ironía de la buena literatura juvenil.

Le mando hasta su natal Puebla a Ricardo Cartas un saludo afectuoso, mi admiración por sus libros y su tenaz y burlona conducta rebelde, contestataria.

marzo 16, 2016

El sistema político mexicano, de mal en peor

A mi querido amigo Joaquín López Dóriga,
su lucha tuvo éxito


La agresión a periodistas importantes como Joaquín López Dóriga, Javier Alatorre, Jorge Alfonso Zarza Pineda y Carolina Rocha Menocal, de parte del Instituto Nacional Electoral, es la mejor prueba de la total incapacidad del sistema político nacional. ¿Cómo es posible que una institución tan costosa, donde participan todos los partidos registrados, que supone un esfuerzo notable de una sociedad ávida de principios democráticos, de pronto diga que comentarios diversos, realmente inocuos, agreden a la libertad de expresión, cuando es el INE quien violenta la frágil democracia que hemos conseguido? Por fortuna, el TEPJF, en un acto ocioso pero necesario, exonera a los periodistas señalados, quienes tuvieron que recurrir a sus propias armas para defenderse de la flagrante agresión.

Los comunicadores estuvieron en lo suyo, realizaron puntualmente su trabajo y en algunos casos fue admirable. Cualquier estudiante de Comunicación sabe que los comentarios jamás son inocentes, siempre atrás de ellos está la formación ideológica, cultural, criterio o juicio, del periodista. Así que las opiniones dentro de sus crónicas son personales y suelen diferir de los boletines oficiales. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos tuvo que intervenir, así como miles o millones de personas cuyas opiniones se dejaron sentir en la vida nacional durante y luego de la visita del Papa. ¿Castigar a periodistas por criticar comentarios sobre la rapiña de los partidos en el santo botín no suena a estupidez del INE?

Mal parados quedaron tales funcionarios que cobran de forma espléndida a cargo de nuestros impuestos. Fueron el hazmerreír de un país cada vez más desencantado de la política. De hoy en adelante, espero, tendrán que ser más cautelosos y probar que trabajan para la sociedad y no para el gobierno y los partidos. Al parecer, no todo está perdido, tres consejeros del INE no avalaron la censura. A unos habría que despedirlos (desconozco cómo opera ese elefante blanco) y a otros premiarlos cuando menos con un aplauso. Fueron ajenos a la imbecilidad que prevalece en la política nacional. Por lo pronto, es de temer que una institución de la magnitud del INE tenga posibilidades de ser un gran inquisidor. Que haya sido frenado, es un buen indicador: los tiempos están sufriendo algunas modificaciones positivas.

Cambiando abruptamente de tema, durante la Feria Universitaria del Libro de la Universidad Autónoma de Nuevo León, fui invitado a dos eventos: a hablar de los géneros testimoniales y sus vínculos con los de ficción; y a participar en una mesa redonda sobre las más recientes generaciones literarias de México: la llamada Onda, los Infrarrealistas y el Crack. Los participantes fuimos Rubén Medina por el segundo, Ricardo Chávez por el tercero y yo por el primero. El público literalmente abarrotó el sitio y hasta hubo escritores, tan poco afectos a escuchar a sus colegas, por ejemplo, allí estaba Marco Tulio Aguilera Garramuño. Moderó muy bien José Luis Solís. Tres generaciones distintas, tres propósitos diferentes, tres concepciones de la sociedad y del arte poco comunes. Nunca me he divertido tanto. Fue notable y todos, al concluir la mesa, lamentamos el poco tiempo que nos dieron.

Fuimos severos con nuestras propias generaciones pero lo hicimos con sentido del humor, algo que se nos dio más fácilmente a los onderos y a los infrarrealistas. En el caso del Crack, su “representante”, Ricardo Chávez, lo tiene en notables dosis. Habría que hacer un libro serio sobre el tema, pero conservando el tono lúdico que allí mostramos. Cada quien expuso los propósitos que nos movieron a conformar los grupos a los cuales pertenecimos y a señalar qué tanta importancia artística tuvieron en las letras nacionales.

Para mí sólo queda el recuerdo de 1960, año en que comenzamos a conformar el grupo que Margo Glantz mal calificaría como “La Onda”. Éramos muchos y muy inquietos, no hicimos un manifiesto a la nación (como algunos grupos que nos sucedieron) y sobre todo éramos, a pesar de la amistad, distintos entre sí. Ahora lo somos más y poco nos vemos, sólo accidentalmente. Si quisimos cambiar al mundo, fue una pretensión curiosa que manifestamos en largas sesiones etílicas con ron barato. Cada uno de nosotros escribió lo que pudo o quiso y luego nos separamos. Me parece que el Crack y el Infrarrealismo estuvieron más articulados. Los “onderos” tuvimos maestros y ejemplos, oh sorpresa, fuimos discípulos de Juan José Arreola, el autor de más fina y elegante prosa en México, y en lo político estuvimos vinculados a José Revueltas. Nos tocó la época de la Revolución Cubana, del gran Rock, de presencias literarias norteamericanas, de las drogas y el alcohol. Al Crack lo siguió el éxito de manera impresionante y los infrarrealistas han conseguido superar sus diferencias con la intelectualidad oficial. Nosotros, los de la “Onda”, pienso, ya envejecidos, somos una parodia de nosotros mismos. Tronamos contra los valores y ahora estamos dentro de ellos. Una vez más la sociedad y sus convencionalismos ganaron. Pero juntos y jóvenes, la pasamos muy bien. Yo no he cambiado, soy como fui en la juventud, sólo que con canas, arrugas y sin hijos.

marzo 14, 2016

Médico en su casa, ¿una novedad?

Me encanta México. Siempre tiene una novedad viejísima. Dicho en otros términos, cada día los políticos lo reinventan imaginando partir de cero cuando sólo repiten errores o aciertos del pasado añejo. El populismo desatado y ramplón de Andrés Manuel López Obrador, lo tomó prestado del hombre que lo conformó políticamente: Luis Echeverría. No basta que AMLO pida perdón porque se formó dentro de esa polémica institución, su conducta autoritaria y demagógica, que lo lleva a chocar con su propia familia, es el natural resultado de sus años iniciales en la política. Priista una vez, priista siempre. Si no, pregúntenle a Marcelo Ebrard o a Agustín Basave.

 Hace poco, en una cordial plática con el director general del ISSSTE, José Reyes Baeza, nos dijo a un grupo de periodistas que estudiaba el programa de Miguel Ángel Mancera, “Médico en su casa” para llevarlo a la práctica en la institución a su cargo, en la que yo, curiosamente estoy desde hace más de cincuenta años. Me permití hablar. Me parece que no estamos considerando que el ISSSTE tuvo ese programa, audaz y novedoso hace décadas. Y añadí. En 1962 comencé a trabajar como maestro de secundaria. Desde luego, me concedieron los generosos beneficios de aquella época. Con ese dinero me casé, puse mi primer departamento en la colonia del Valle y cada vez que me enfermaba, bastaba solicitarlo para que en minutos llegara a mi domicilio un médico que me analizaba y recetaba y hasta me proporcionaba ciertos medicamentos elementales. El resto, si era de gravedad, ocurría en la clínica que me correspondía o en un hospital, dependiendo de la enfermedad. Para colmo de la generosidad del viejo ISSSTE, entonces llamado Pensiones, fue que me prestaron dinero para un automóvil, cada tanto me daban préstamos de corto plazo y al final compré la casota que tengo con otros dineros que la institución me prestó con auténticas facilidades y ridículos intereses. Todavía se sentía en México el viento social que trajo la Revolución. Pero en efecto eran los restos. Hoy dependo de que, en caso de enfermedad severa, el cargo está por cuenta de la UAM, mediante gastos médicos mayores. Me atienden en Médica Sur o en el hospital Ángeles.

 Es decir, Mancera nada inventó, simplemente retomó una excelente medida del Estado mexicano. Lo único que necesita el ISSSTE es retomar ese servicio de atención médica en casa y ver cuál sería la adecuación que requiere para la situación actual.

 Es evidente que el desmesurado crecimiento de México, producto de varios fenómenos complejos y todos relacionados con la miseria y la falta de educación de excelencia, es culpable de los descuidos actuales. De nada sirve la palabrería oficial. Peña Nieto o algunos de sus colaboradores a diario nos indican que avanzamos impetuosamente. La realidad es terca y lo niega, aunque la macroeconomía sea como la literatura, la religión y la estadística, una mentira piadosa.

 Estamos atrapados por años de errores, descuidos y retrocesos. De Cárdenas a López Mateos podemos ver un México que con dificultades avanzaba, pero lo hacía. Se daban logros, conquistas. Los funcionarios eran con frecuencia profesionales y tenían dosis de patriotismo. Incluso los había honestos y sinceros. Hoy es un país distinto. Vuelvo a mi ejemplo. Vivo bien de la UAM. Pero un profesor que recién ingresa, no podrá llegar a los niveles que tengo a menos que opte por ingresar a la política, cualquiera que sea el cargo o el partido. Por eso los ex rectores suelen buscar empleo en el gobierno en lugar de regresar a la academia, a la investigación y a la docencia, con amor.

 Mi hermana hace unos días estuvo enferma, víctima de ese mal que la hoy presidiaria Elba Esther Gordillo, jamás pudo pronunciar y hasta alcanzó celebridad porque ante el presidente Fox, campeón de la ignorancia, en vano intentó decir H1N1. Necesitó Tamiflu, imposible comprarla en cualquier farmacia. Pero llamó a un amigo suyo y a través del servicio que hoy presta Mancera y lo hace presidenciable en serio, llegó una señora muy formal y seria, le dio la dosis prescrita y hoy está como nueva.

 ¿Todos estos servicios son invento del actual sistema político o en su momento fueron el orgullo del sistema? Lo mismo sucede con la educación que hoy está hundida. Mis padres fueron maestros de primaria, vivieron dignamente y sin problemas serios. Mi padre fue parte de la Comisión Nacional del Libro de Texto Gratuito, cuando la dirigía Martín Luis Guzmán y Jaime Torres Bodet era el titular de la SEP. Los escuché debatir problemas pedagógicos complejos y de pronto hablar en francés por causa de un autor de esos lares. Hoy no podemos decir nada favorable, si acaso estremecernos ante la presencia de la CNTE y de su violencia bestial o llorar ante la ignorancia de los que sí quieren impartir clases y someterse a los exámenes necesarios. Tengo amigos y amigas de esta índole, que además aprueban satisfactoriamente. Pero ellos ponen su parte, su trabajo personal. El Estado no hace la tarea y no la hace porque está incapacitado. Necesita “Médico en su casa”, cirugía mayor.

marzo 13, 2016

Literatura urbana en México (I)

La literatura urbana, un fenómeno complejo y, desde luego, reciente, responde al surgimiento de las ciudades modernas. Tal arte no es simplemente temático, también es formal y proporciona a la novela estructuras más elaboradas, producto de los nuevos adelantos de la ciencia y la técnica, de los avances culturales del ser humano. Sus características son rupturas temporales, juegos tipográficos, las historias van y vienen con impetuosidad, permite la intromisión de elementos ajenos al discurso literario, tiene una marcada influencia cinematográfica y, por lo tanto, dejó de ser lineal para entrar en el mundo de los planos diversos. Con ello, la literatura urbana ha creado nuevos personajes mucho más complicados que los sencillos que uno podía hallar en la rural, con mayores problemas síquicos e ideológicos, que transitan por escenarios laberínticos y a menudo deshumanizados. Esta riqueza ha sido cabalmente aceptada y digerida. Aun cuando en el siglo XIX ya había literatura urbana (e iniciado el derrumbe de una literatura rural o semirural), es hasta el XX y XXI que surge con fortaleza la novela de la metrópoli, el núcleo de la sociedad industrial. Sin duda, el mayor ejemplo de este nuevo arte es Manhattan Transfer de John Dos Passos, en donde la descomunal y rutilante Nueva York es el personaje principal. Y lo es a tal grado que Sinclair Lewis escribe entusiasmado las palabras que han de definir en lo sucesivo a esta obra de Dos Passos: “Una novela de primerísima importancia... el panorama del oído, el olor, el ruido y el alma de Nueva York... las bases de toda una nueva escuela literaria no sólo para Estados Unidos, sino para todo el mundo”. Los comentarios encuentran eco en Max Dickmann, en Sartre, en críticos y artistas, en el público que desea hallar materiales en los que aparezca una ciudad como la que habita y así tenemos el primer gran clásico de la literatura urbana. A partir de esta obra, como resultado de su éxito y por lo extraño del disímil escenario de rascacielos, automóviles, marcadas contradicciones y de la variedad de sus habitantes (seres reales, irreales o intangibles), comienzan a surgir novelas y cuentos en donde los personajes urbanos tienen un papel novedoso en el arte literario. Es natural que en esta corriente las primeras metrópolis en aparecer sean norteamericanas y europeas debido al desarrollo (y explotación de otras zonas) que tuvieron y tienen.
En México tal literatura es aún más reciente. Llegó con atraso a causa de las peculiaridades políticas y económicas que nos han rodeado. Sin embargo, pronto se hizo adulta. Para el momento en que aparece Manhattan Transfer (1925), la literatura nacional está localizada en el campo, en los puntos de mayor efecto de la gesta revolucionaria campesina. Gracias a este movimiento los artistas redescubren al país, su nacionalidad, los elementos que configuran al mexicano y éste se concentra en el campo, empeñado en realizar una profunda reforma agraria y rescatar del atraso a indígenas y campesinos.
De cualquier manera el país ya contaba con algunos ejemplos de novela urbana. Un caso destacado es Santa de Federico Gamboa, cuya acción transcurre en la Ciudad de México y sus alrededores, pueblos aledaños como San Ángel que la capital ha engullido para transformarlos en barrios interiores, en uno de los más desaforados crecimientos que la historia universal registra y que a nadie debe enorgullecer. Habrá que advertir que el naturalismo de Gamboa descendía directamente del de Zolá; por lo tanto, y al igual que éste consideraba a las metrópolis una especie de mal, el lugar en el que se citaban los problemas sociales y repercutían sobre el ser humano en buena medida víctima de la ciudad.
Sin duda, la Revolución Mexicana abrió una nueva etapa literaria. Los escritores se sumergen en las dificultades de una nación básicamente rural, de escasa industrialización, de ciudades modestas, con sabor provinciano y sin las complicaciones y contradicciones de la gran urbe. Sucesivamente nos topamos con el regionalismo, la literatura de la Revolución Mexicana (de innegables méritos y personalidad conferida por autores como Mariano AzuelaMartín Luis Guzmán,Rafael F. Muñoz, José Vasconcelos, estupendamente analizada por Antonio Castro Leal), con el indigenismo y otras corrientes igualmente enmarcadas por el campo, con una fuerte protesta social que recogía los aires políticos que el país brindaba. No obstante, y aún dentro de este panorama rural, hubo escritores que mostraron sus preferencias por los productos literarios no agrarios. Entre otros destacan Los Contemporáneos que mostraron las excelencias de novelas modernas escritas por ProustJoyce y otros distinguidos autores. Como fuera, el camino para la literatura urbana no fue sencillo, lo campesino resaltaba dondequiera y sus temas iban directamente a los muros de edificios públicos, a las salas de concierto y a las páginas de los libros.
grosso modoAgustín Yáñez y Juan Rulfo coronan (y cierran) la literatura campesina. Al mismo tiempo ponen las bases formales de la novela moderna mexicana cuya temática será de modo fundamental, urbana. Hasta la aparición deLa región más transparente (1958) de Carlos Fuentes las novelas mexicanas fueron predominantemente rurales. No obstante que José Revueltas había incursionado por la ciudad. Casi simultáneamente a la novela inicial de Fuentes, aparecen otras dos obras: Casi el paraíso de Luis Spota y El sol de octubre deRafael Solana. Con ellas tres —independientemente de gustos personales— surge la pasión del lector por la literatura citadina. A partir de ese momento y coincidiendo con la consolidación de otras metrópolis, con el hecho significativo de que nuestro país comienza a industrializarse, a dejar atrás (sin resolver, desde luego) los problemas rurales, con una creciente disminución de la población del campo que busca en las ciudades el sustento, surge el boom de la literatura urbana nacional.

marzo 11, 2016

A propósito de Lezama Lima

En 2008 me hablaron ansiosamente de un diario, el reportero me daba la noticia de la muerte de Lisandro Otero. Era la hora de la comida y di una apresurada respuesta. Al día siguiente, al leer lo que dijeron Emmanuel Carballo y Humberto Musacchio, pensé que a falta de memoria podría añadir algo más acorde con la realidad de este intelectual orgánico, oportunista y perverso. Escribí, pues, un párrafo pequeño que sintetizaba su paso por México y por el diario que deseaba inmortalizarlo, el Excélsior de Regino Díaz Redondo. Un periodista me telefoneó y dijo que era mi lector, que el diario mucho me apreciaba, pero que no podía hablar mal de un muerto; no lo publicarían. Respondí diciendo que ese criterio también impediría criticar a Díaz Ordaz o a Hitler. Molesto, puse en apuntes para un futuro libro de memorias lo siguiente: “El viernes fui entrevistado acerca de la muerte de Lisandro Otero. Debo confesarlo, la noticia me desconcertó y no pude darle al reportero una idea clara de lo que pienso. Sólo una historia: Lisandro venía de Cuba dejando atrás una vida compleja y turbia. Trabajó a mis órdenes en El Búho, suplemento cultural del Excélsior del mencionado Díaz Redondo, y yo bajo las suyas en la página editorial y en la sección internacional que manejaba. Él procuraba acomodarse en la política mexicana y con cautela se apoyó en la amistad cercana de los Labastida (Jaime y Francisco). No se trata de discutir su periodismo o su literatura, sino su actuación pública al servicio de una causa, la del PRI. En ese momento el diario vivía abrumado por las deudas y apoyó abiertamente a Francisco Labastida a la presidencia. Yo acababa de escribir un artículo crítico pidiendo la renuncia de Zedillo por su incapacidad política, al paso hablaba de que Labastida sería más de lo mismo. Por supuesto, el artículo jamás apareció. Al día siguiente interrogué a Lisandro y me dijo que yo era muy radical. Mi respuesta fue sencilla y difícil: renunciar a Excélsior, donde trabajaba desde hacía unos quince años y a El Búho, suplemento que me permitió ganar diversos premios nacionales, entre ellos el que concedía el gobierno de la República. Si uno acepta la censura una vez, vuelve a aceptarla y no es mi caso. Conmigo salieron alrededor de setenta periodistas, escritores y pintores. Jóvenes que se formaron conmigo, pero también figuras como José Luis Cuevas, Sebastián, Griselda Álvarez, Andrés Henestrosa, Silvio Zavala, Alberto Dallal, Carlos Bosch, Leopoldo Zea, Martha Fernández, Bernardo Ruiz, Martha Chapa y muchas más. Como respuesta, Lisandro fundó otro suplemento cultural, Arena, y desapareció todo vestigio de mi trabajo. Más aún, en ¡primera plana! él y Aurora Berdejo escribieron brutales calumnias e injurias en contra mía, sin ningún análisis serio, puro rencor y por órdenes del director general. Así, pues, salí de Excélsior, empujado por Lisandro Otero”.

De tales hechos hubo un silencio inaudito, inexplicable. La historia de esa renuncia masiva a causa de la censura sólo apareció en una revista académica, la llamé “El callado zarpazo a la libertad de expresión”. El tiempo fue justo con Lisandro y cuando perdió Francisco Labastida se quedó, como muchos otros, al garete, desamparado políticamente, sus sueños de poder se truncaron. Entonces volvió los ojos a Cuba, de donde había salido diciendo que no había libertad y allí recuperó el pasado y de nueva cuenta se hizo extremista de izquierda, fuera de tono con una Cuba que comenzaba a sufrir cambios regresivos. Recuerdo algunas de sus novelas y su periodismo de temas internacionales: las primeras eran buenas, el segundo muy atinado. Pero todo era superado por su necesidad de poder.

Al dar a conocer mis palabras sobre el tema a través de internet, algunos cubanos en el exilio (no en Miami) me escribieron señalándome que Lisandro había sido un severo comisario político en Cuba, que se ensañaba con Lezama Lima. Evidentemente me daban precisiones acerca de su dureza política. No era el intelectual que trabajaba en México tratando de ser cordial con el sistema político mexicano dominado por el PRI que meses más tarde quedaría en manos del PAN de Vicente Fox, era un estalinista perfecto. Rotundo.

El hecho se había extraviado en mi memoria, pero hace una semana me llamaron de otro diario para preguntarme por Lezama Lima: Paradiso cumplía años. Hablé de la novela y su fascinante lenguaje barroco de metáforas de belleza descomunal y del Lezama Lima que había visto a distancia en La Habana, durante mi primer viaje a Cuba, cuando uno intentaba dar una propina al maletero o al mesero, con dignidad la rechazaban. (¿Tú qué eres, chico? Profesor universitario, repuse. ¿Y cuándo concluyes tus clases, los alumnos te dan propina? No, me pagan por enseñar. Igual que a mí, me pagan por cargar maletas. Eso era el sueño al menos de Ernesto Guevara: ¡el hombre nuevo!). Todos los escritores que traté en ese viaje inicial sabían de la difícil existencia de Lezama Lima, un escritor de genio a quien no acababa de gustarle el comunismo. El Estado lo toleraba a regañadientes.

Años adelante, muerto Lezama, visité su casa. Muy pequeña, diminuta para un hombre corpulento. Una escritora uruguaya que me acompañaba dijo al ver el baño: ¿Y cómo cabía aquí? No hubo respuesta. En la nueva entrevista recordé a Lisandro Otero, censor a mis críticas al PRI, y señalé algo de aquella distante información: le regateaba los vales de comida a Lezama Lima.

 Al parecer, la historia suele ser veleidosa, según quien la cuente. Hoy Lisandro es noticia modesta y Cuba, vaya tragedia, ha mostrado que el turismo es la última fase del comunismo.