Tantadel

octubre 05, 2016

México 1968, México 2016

De la Revolución Mexicana surge una burguesía ligada a los intereses populares, nacionalista y antiimperialista, tal como explica Jesús Silva Herzog, cuya máxima expresión (y el punto más lejano a donde pudo llegar) es el gobierno de Lázaro Cárdenas. Después gradualmente México retrocede, pierde sus aspectos más positivos y se acomoda en un centro-derecha. Hoy poco o nada queda de aquel movimiento de 1910-1917. El actual gobierno ha sido el encargado histórico de sepultar el cadáver que mató el salinismo. Lo más extraño de esta situación es que ahora la oposición de izquierda, que por largo tiempo consideró muerta a la Revolución, reclama como suyos sus principios y la añora a pesar de que en un tiempo los gobiernos surgidos de tal proceso, la persiguió, especialmente a los comunistas.
La relativa estabilidad económica y política, un verdadero lujo en América Latina, se da en México a pesar de muchos problemas. Sólo que a cambio de ella, fueron por varios años eliminadas las minorías políticas. En ocasiones la izquierda, frecuentemente representada por el Partido Comunista Mexicano (fundado en 1919), actuaba aquí y allá, tratando de combatir a un sistema cada vez más rígido y autoritario, de estimular al sindicalismo independiente, de liberar a la clase trabajadora, pero siempre careció de arraigo y sus integrantes no fueron capaces de convencerla, víctimas de sus rencillas personales y del manejo arbitrario que hizo el PCUS en una época difícil (los años de ascenso del fascismo y luego de guerra). No tuvo peso dentro de campesinos y obreros y apenas fue una influencia frágil entre los intelectuales, creadores y estudiantes universitarios.
Sin embargo, poco a poco el país despertó. Muchos deseaban y desean romper el monopolio del poder que detenta el binomio PRI-gobierno, modificar el rumbo positivamente. Algunos intelectuales, los más lúcidos en el aspecto político, fueron críticos del sistema. Habrá que mencionar a José Revueltas, quien jugara un destacado papel en 1968. Hay inconformidad y descontento, lo que no existía era la manera de manifestarlo. El Estado permanecía alerta y aplastaba cuanta cabeza protestaba. Pasaron por las cárceles los dirigentes sindicales Vallejo y Campa, el pintor Siqueiros, murieron asesinados líderes agrarios como Jaramillo. Cualquier movimiento era eliminado y los líderes acosados. Como de costumbre, teníamos un doble juego: por un lado, la política internacional progresista que permitió un amplio apoyo a la República Española y luego a la Revolución Cubana, las críticas más oportunas y directas para el fascismo salieron de la boca de don Isidro Fabela, representante de México en la Liga de las Naciones. Por el otro, una política interna represiva, asfixiante, corrupta y antidemocrática.
Tradicionalmente, y como resultado de complejos problemas nacionales e internacionales, la izquierda mexicana ha estado fragmentada y dividida. Todas sus partes se empeñaban en mantener el santo grial de la pureza revolucionaria a costa de atacar y calumniar a las otras. Así, la izquierda atomizada era víctima fácil de los embates del Estado. En ocasiones —y en el presente no se registra ningún cambio sustancial, mejor dicho, se ha envilecido— las acusaciones e insultos que salían de las fuerzas democráticas para denigrar a las restantes, eran más virulentas que las proferidas contra el enemigo común: el Estado. Es decir, la izquierda partidista padece una grave inmadurez y su desarrollo ha marchado lenta, muy lentamente, apenas ofreciéndole a la sociedad civil un vago proyecto de nación sin rigidez ni autoritarismo.
Los movimientos populares aparecían en forma aislada y sin cohesión. De tal suerte que el gobierno podía liquidarlos con sencillez, presionando, encarcelando o corrompiendo. Cuando una lucha cobraba fuerza, el gobierno recurría a la violencia. De este modo fue sofocado el movimiento ferrocarrilero, como lo fue el de los electricistas. La Reforma Agraria apenas tuvo alguna utilidad, el campesino sigue siendo un sector marginado y pauperizado, centro de la retórica y la demagogia oficial de acentos pueblerinos y metáforas obvias que tanto apasionan a los políticos mexicanos. Los artículos constitucionales 27 y 123, por citar algunos muy importantes, son letra muerta. En lo educativo el clero católico jugaba un papel importante; las escuelas confesionales nunca han respetado la legislación en materia educativa y religiosa, menos los planes de la Secretaría de Educación Pública; el libro de texto gratuito ha sido arrojado sin miramientos a los almacenes de viejo y la actual Reforma Educativa ha sido impuesta. Los trabajadores no ven los beneficios del progreso nacional y sí, a cambio, resienten el peso de un desarrollo imperfecto que gradualmente se convierte en crisis económica.
En los años previos al 68, aparecieron diversas manifestaciones de descontento. Los médicos, los campesinos de algunas regiones del país, principalmente en Morelos y Guerrero. Hoy, en 2016, con pluralidad y multipartidismo, México no ha cambiado su rostro. Está igual que el México donde luchó con fortaleza y dignidad el eterno luchador social, crítico severo y agudo, Luis González de Alba, quien optó por suicidarse ante un sistema inconmovible, donde el ser humano no es gran cosa. No sabemos cómo defendernos de la violencia de un sistema organizado por muchos partidos políticos siniestros. Así, para la mayoría de jóvenes o viejos luchadores sociales, al margen del poder, no les interesa vivir. Antes, al menos las utopías nos mantenían satisfechos. Pero ya no existe ninguna, no en México.

octubre 03, 2016

Haciendo el amor con música, de D. H. Lawrence

Debe ser cuestión de gustos estéticos: a mí el tango y ciertas formas del jazz me parecen sumamente eróticos, como el danzón.

Uno de los mayores artistas de la literatura inglesa del siglo XX y figura cimera de las letras universales, D. H. Lawrence, dejó multitud de ensayos, muchos de ellos sobre el amor y la obscenidad, el sexo y las mujeres. Le irritaba, desde luego, la persecución que su obra y persona habían sufrido por parte de los más torpes críticos y censores de la época victoriana que se extendió más allá de la muerte de la reina británica y que le brindó nombre a un alarmante grado de atraso intelectual y estético a escala oficial. Para muchos, entre ellos para mí, su novela emblemática es El amante de lady Chatterley: obra delicada y fina, elegante, original, genialmente escrita, fue perseguida bajo la acusación de pornográfica y sucia, pero se convirtió en un clásico de la literatura amorosa universal.
En su espléndido y desconcertante trabajo Haciendo el amor con música, uno no sabe a ciencia cierta qué trata de probar Lawrence: si aproximarse de nueva cuenta al erotismo, criticar a la moral de su época o dar por válida la idea de hacer el amor rodeado por notas musicales. O tal vez referirse a todos estos temas juntos. El principio del ensayo es tajante: “Para mí —dijo Romeo— bailar es, simplemente, hacer el amor con música”. Ello puede significar una metáfora: quienes bailan ciertos ritmos populares o clásicos tienen roces que los incitan (y excitan) y que incitan (y excitan) al espectador. Sabemos de personas que requieren de buena música para llevar a feliz término su relación sexual. En los burdeles y cabaretuchos es fácil distinguir a las personas que bailan para excitarse más que para divertirse; es posible que en este tipo de sitios el gran cómplice sea el alcohol, que desinhibe y provoca el acercamiento que da la música popular. No obstante, en la danza clásica y moderna hay coreografías que despiertan la sexualidad, probablemente no de quienes bailan, sí en aquellos que contemplan arrobados el pas de deux en un adagio.
Ahora bien, tampoco queda claro qué tipo de música recomendaría Lawrence, culta o popular. “El sexo es encantador y muy delicioso mientras se hace el amor con música y se camina sobre las nubes con Shelley, en un twostep”. Me da la impresión que se refiere indistintamente a ambos géneros porque enseguida se conduele de Maupassant, quien “quería hacer el amor con música. Y comprendió, enfurecido, que no se puede copular con música”. Estoy de acuerdo con tal posibilidad, es necesario dejar que cada arte tenga sus propios métodos y caminos. La buena música se escucha en la sala de conciertos o en casa gracias al tocadiscos.
Pero es obvio que Lawrence piensa en música popular, en música bailable. Lo que no deja de resultar interesante, porque en la gran música de pronto encontramos música como El preludio a la siesta de un fauno, de Debussy, que es francamente erótica y no es pensamiento sólo personal, se lo escuché a Carlos Pellicer y en consecuencia lo cité en algún libro de memorias. En tal sentido, nuestro queridoLawrence es tajante: “Las danzas populares modernas, lejos de ser ‘sexuales’, son netamente antisexuales. Pero también aquí debemos hacer una distinción. Debemos decir que el jazz y el tango y el charlestón modernos, lejos de ser una incitación a la cópula, están en franco antagonismo…”. Sin embargo, debe ser cuestión de gustos estéticos: a mí el tango y ciertas formas del jazz me parecen sumamente eróticos, como el danzón y ahora algunos ritmos salvajes y alocados como la lambada y otros ritmos tropicales.
“Lo que se pregunta uno —prosigue Lawrence—, al contemplar a los bailarines modernos que se hacen el amor con música en un salón de baile, es… ¿qué clase de danzas bailarán los hijos de nuestros hijos? Las madres de nuestras madres bailaban contradanzas y lanceros, y el vals era para ellas casi una indecencia. Las madres de las madres de nuestras madres bailaban minués y Roger de Coverleys, elegantes y saltarinas danzas campestres que enardecían la sangre y hacían bailar a un hombre casi hasta la cópula”. De haber vivido más años, Lawrence se hubiera encontrado con ritmos más propicios para hacer o el amor con música o de plano copular con la música, llegar al clímax con el apoyo de notas cadenciosas, suaves o frenéticas, según los gustos de la época. A mí me correspondió excitarme con las grandes orquestas estadunidenses como Glenn MillerBenny GoodmanRay Anthony y finalmente con las notas que desgranaba el sensual rock de Elvis Presley, y no es que sus notas fueran obscenas o lúbricas sino que se prestaban para que los cuerpos femenino y masculino estuvieran muy juntos y permitieran el roce de los sexos.
En la conclusión, Lawrence aclara dudas: “¡Ciertamente, es ridículo hacer el amor con música y ejecutar música para que a uno le hagan el amor con ella! ¡Ciertamente la música es para bailar al son de sus compases!”. No hay otra alternativa, pero a no dudarlo la música es un buen comienzo para hacer el amor. Quizá no haya nada más hermoso y poético que girar con la mujer amada en los brazos. El otro, insisto, es mezclar dos artes que no son incompatibles si se quiere, pero a las que uno les faltaría al respeto si las une. Yo, al menos, no suelo empalmarlas: o escucho música o hago el amor. Si intentara llevar a cabo ambas tareas, estaría concentrado en las notas de Beethoven o Mozart y no en un hermoso cuerpo femenino.

Elena Garro por Elena Garro 2/2

El poco espacio del que dispongo es para que Elena Garro hable de ella. Qué pena, sólo caben trozos de su fascinante historia. En su voz debemos conocerla, no por otras bocas.
“Mis padres fueron José Antonio Garro y Esperanza Navarro, dos personas que vivieron siempre fuera de la realidad, dos fracasados, y que llevaron a sus hijos al fracaso. A mis padres sólo les gustaba leer, y a sus hijos no nos gustaba comer, nunca teníamos apetito; o nos daba pereza masticar: ‘Que le hagan papilla a los chicos’, ordenaba mi padre. A Esperanza: mi madre, le gustaban únicamente los dulces y los pasteles…
“Ellos me enseñaron la imaginación, las múltiples realidades, el amor a los animales, el baile, la música, el orientalismo, el misticismo, el desdén por el dinero y la táctica militar leyendo a Julio César y a Von Clausewitz. Mientras viví con ellos sólo lloré por Cristo y por Sócrates, el domingo en que bebió la cicuta, cuando mi padre nos leyó los Diálogos de Platón…
“Mis padres me permitieron desarrollar mi verdadera naturaleza, la de ‘partícula revoltosa’, cualidad que heredó mi hija Helenita y que los sabios acaban de descubrir. Estas ‘partículas revoltosas’ producen desorden sin proponérselo y actúan siempre inesperadamente, a pesar suyo. En mi casa podía ser rey, general mexicano, construir pueblos con placitas, casas, calles, cuartel e iglesia en el enorme jardín por el que paseábamos en burro o a pie. Mi casa estaba en Iguala, Guerrero, es decir una de mis casas. También construimos un teatro y teníamos títeres. A veces me convertía en merolico y salía a vender ungüentos para curar todos los males…
“A los 17 años fui coreógrafa del Teatro de la Universidad. El director era Julio Bracho. Debutamos en el Teatro de Bellas Artes con un éxito tan grande que los amantes del arte se movieron con rapidez para destruir el grupo. Opinaron que pegar carteles en la ciudad anunciando Las troyanas era hacerse publicidad. En ese tiempo los Contemporáneos eran importantes. En realidad era un grupo bastante notable, aunque me parece que está olvidado. Xavier Villaurrutia quería montar Perséfonede André Gide, y me llamó…
“Un día me casé, abandoné a mis maestros: Julio Jiménez Rueda, que me pronosticó éxitos literarios; Samuel Ramos, gran maestro; Hilario Medina y su rigurosa Historia Universal; el profesor Valenzuela de Historia Griega, fabuloso expositor; Salvador Azuela, a quien apreciaba mucho; el maestro García, gran latinista; la señorita Caso, Julio Torri, Enrique González Martínez, que nos daba la clase en francés...
“Yo no pensaba ser escritora. La idea de sentarme a escribir en vez de leer me parecía absurda. Abrir un libro era empezar una aventura inesperada. Yo quería ser bailarina o general. Mi padre creía que podía escribir por mi afición a la lectura: en ese caso todos en la casa deberíamos ser escritores.
“En 1953, estando enferma en Berna y después de un estruendoso tratamiento de cortisona escribíLos recuerdos del porvenir como un homenaje a Iguala, a mi infancia y a aquellos personajes a los que admiré tanto y a los que tantas jugarretas hice. Guardé la novela en un baúl, junto con algunos poemas que le escribía a Adolfo Bioy Casares, el amor loco de mi vida y por el cual casi muero, aunque ahora reconozco que todo fue un mal sueño que duró muchos años.
“Creo que te he hablado de un mundo que ya no existe. Parece que México es otro país, que los intelectuales lo han llenado de periféricos, elevadores callejeros, puentes, ideas, y que han abolido los jardines. Me dicen que la contaminación se corta con cuchillo. Te he dicho todo lo que recuerdo... Creo que debo aclararte que Mariana no es una autobiografía sino una novela. Cuando la publique Octavio Paz, Archibaldo Burns y todas las personas que crees descubrir en los personajes podrán demandarme. Sería muy divertido el juicio. Un verdadero vaudeville… Si piensas que en Marianaaparecen personajes vivos te equivocas. Aunque es verdad que tomé rasgos de algunas personas vivas y difuntas para crear a un solo personaje. Acuérdate de Ortega y Gasset: ‘lo que no es vivencia es academia’. Recuerda también a Dostoyevski y a Balzac: ‘la novela es vida’. Eso no quiere decir que lo que cuento en Mariana sea una simple calca de mi vida al papel…
“El acto de escribir es un acto de libertad privada. Nunca me he quejado de haber servido de personaje de poemas, novelas y cuentos. Recuerdo que Carlitos Fuentes escribió un cuento llamado ‘Las dos Elenas’. Todo México dijo que éramos la Chata [Helena Paz] y yo. Hubo quien trató de azuzarme contra el escritor. Me pareció absurdo. Cada quien puede fabricar personajes de ficción con personajes reales. Con ese cuento ‘Las dos Elenas’ sucedió algo muy curioso: Fuentes hizo una película y tuvo dificultades de crítica. Vino a visitarme. Recordarás que yo vivía muy aislada. Carlitos me dijo que lo atacaban por envidia y me pidió que hiciera una crítica favorable a su película. La hice con mucho gusto y se publicó en Siempre! con mi firma…
“Antes, en los años cincuenta, Paz escribió su gran poema ‘Piedra de sol’. Lo leímos y releímos juntos. ‘¿No te ofendes?’, me preguntó Paz. ‘No, tienes derecho de decir lo que te parezca’, le dije. Y lo que le pareció fue llamarme ‘pellejo viejo, bolsa de huesos’, o algo así. No recuerdo bien y no tengo su libro a la mano. Más tarde, en Madrid, Federico Álvarez me leyó el otro gran poema de Paz, ‘Pasado en claro’, en el que me llama ‘cabeza de muerta’ o algo parecido. Tampoco se me ocurrió enfadarme. Puedes preguntárselo a Federico. El poeta mitifica y Paz quiso exorcizarme diabolizándome. Lo han hecho todos los poetas. Para eso sirve la creación poética. Pepe Bianco también me tomó de personaje para su novela [La Pérdida del reino] y en ella dice que me acosté con él, cosa absolutamente falsa, pero no me enfadé, pues sabía que era una novela. También Bioy Casares, al que tú citas, me puso de Clara en su novela El sueño de los héroes y puso que mi padre era un titiritero o mago o algo así, no recuerdo bien. No me enfadé. Ni me enfadé por otros cuentos menos clementes. Como ves, me han utilizado en varias ocasiones y nadie ha roto una lanza por mí o por la Chata… De manera que no creo que sea importante que tú salgas de paladín a defender a posibles Paces, Burnes o Bioyes y que en cambio permitas que me llamen ‘cabeza de muerta’ o hija de la chingada…

octubre 02, 2016

El suicidio como gran tema literario

¿Por qué temerle si es algo natural, como el nacimiento, o quizá pueda ser la respuesta sensata a una vida atribulada?


Cuando en 1994 apareció mi novela Réquiem por un suicida, finalista del Premio Planeta, editada en Madrid, se la envié a un amigo, que conocí en Chile, el crítico literario John Hassett. Me escribió diciéndome que la leyó con placer, que el tema era inquietante. Con cierta rapidez la obra llegó a cuatro ediciones y una de bolsillo. La crisis económica le puso fin a las buenas ventas. Su precio subió hasta valer una pequeña fortuna en esa época. En México la retomó Nueva Imagen, hoy desaparecida, y la incluyó en la serie de mis Obras completas, que se esfumó al comprarla la empresa Larousse, pues no le interesaban, dijo, las obras de literatos. Salimos, entre otros, José AgustínÓscar de la BorbollaBeatriz Escalante y muchos más. Hoy está en el mundo digital, en la Editorial Ink. 
Hasta ese momento no había tenido problemas para editar. El Fondo de Cultura Económica, cuando el director era Miguel de la Madrid, publicó mi quinto libro en esa empresa: Cuentos de hadas amorosas en la serie Letras Mexicanas, donde apareció mi primer volumen de relatos: Hacia el fin del mundo, junto a El ala del tigre, de mi admirado amigo y maestro Rubén Bonifaz Nuño. Coincidiendo, cumplí veinticinco años como autor del Fondo, la empresa mandó imprimir un cartel con trabajos de Cuevas y organizó una mesa redonda como homenaje, acompañado por Cristina PachecoJosé Luis CuevasGriselda Álvarez y el fundador de la Sogem, José María Fernández Unsaín.
Pero hablaba yo de la muerte voluntaria como tema literario. En las primeras semanas, Réquiem por un suicida ocupó en México uno de los primeros lugares de ventas, en mi haber, modesta hazaña que sólo he logrado en 1971 con El gran solitario de Palacio. En esos días me tocó dar varias lecturas, entre ellas, una en el Club de Industriales, otra más en la delegación Iztacalco. En el primer sitio, una señora dedicada a los negocios se acercó y me dijo, mostrándome un ejemplar de la novela: “No sabe usted el alivio que me trajo su libro. Mi hija se suicidó y en su novela encontré palabras de amor para la muerte. No debe ser tan terrible si alguien puede enamorarse de ella”. Mientras aquella mujer atribulada hablaba, yo estaba sorprendido de que la literatura sirviera de consuelo. En efecto, yo no trato mal a la muerte, hablo de sus discutibles virtudes y, al contrario de la mayoría, escribo de la belleza que puede significar la muerte, en particular la voluntaria (asistida o no), si existen razones poderosas, enfermedades terminales, por ejemplo.
En Iztacalco, un público afectuoso me recibió. Durante las preguntas y respuestas, una mujer joven me preguntó, en clara alusión a Réquiem, si yo amaba o le temía a la muerte. Le dije con absoluta sinceridad que le temía y la detestaba. A mí, como a mi amigo el poeta Marco Antonio Montes de Oca, me gustaría morir sólo por diez minutos. Al final de la plática, la mujer insistió en el tema: ‘’Amo la muerte”. Y eso me dejó pensativo. Mi intención no es invitar a nadie al suicidio. Trato, eso sí, de mostrar a un personaje complejo, sensible y capaz de enamorarse de la muerte a pesar de tener éxito y carecer de males físicos y mentales. ¿Por qué temerle si es algo natural, como el nacimiento, o quizá pueda ser la respuesta sensata a una vida atribulada? Hay una infinidad de escritores que le han dedicado palabras afectuosas o de artistas que han recurrido a ella con cierto placer probablemente morboso. Roland Barthes, en su libro Fragmentos de un discurso amoroso, nos recuerda que el desvelo amoroso fatiga tanto o más que el causado por el trabajo.Werther, el más célebre de los suicidas, el gran personaje de Goethe, padecía ese tremendo insomnio que causa un mal amor. Cuando decide matarse, se acuesta y duerme plácidamente. A decir verdad, jamás he pensado en el suicidio ni deseo estimularlo (no podría soportar en mi conciencia el peso de una muerte). Al escribir Réquiem vi las cosas de modo diferente. Mi deseo era considerar al suicida no como una pérdida irremediable, sino como el encuentro afortunado de alguien que detesta la vida y sus vulgaridades. Ello sin el alivio de la religión y con la certeza de que cualquier cosa es superior a una existencia patética. A diferencia deDante, mi propósito no era causar el desánimo entre los pecadores, sino mostrarles una estética de la muerte. Hasta para morir se necesita estilo.
Imposible olvidar a un personaje de Borges que usé en mi novela, cuchillero: a la hora de agonizar no acepta que le vean en la cara los gestos de dolor y pide que se la cubran. No existe razón para detestar algo tan común como la muerte y si ésta llega de modo voluntario, como modesta victoria de la libertad, el respeto debe ser total: antes hubo una abierta lucha entre el instinto de supervivencia, los valores sociales y religiosos y la inteligencia.
Para redactar tal novela me vi obligado a leer una infinita bibliografía y a investigar entre suicidas fallidos y personas que habían perdido a un ser querido que optó por ese acto de libertad (la expresión es de
Albert Camus). Comencé con El suicidio de Durkheim, que prueba, entre otras cosas, que son los cuerdos y no los locos quienes se matan. En novelas, cuentos y poemas, en la prensa, hallé no cientos, sino miles de suicidas y descubrí que las razones para ello son excesivas y condenadas por las religiones y la sociedad: desde una profunda depresión causada por el fracaso amoroso hasta por la feroz amenaza de una deuda. La mejor la hallé en Kafka: uno de sus personajes se deja morir de hambre en un circo por una simple razón: no le gustaba comer. Mi personaje, aunque triunfador, detestaba vivir.